El papa León XIV presidió este domingo la oración del Ángelus desde la Villa Pontificia de Castel Gandolfo, donde reflexionó sobre el Evangelio de la mujer cananea y destacó el valor de una fe humilde, perseverante y abierta a todos.
Ante los fieles y peregrinos reunidos en la plaza de la Libertad, el Pontífice exhortó a la Iglesia a comunicar la paz de Cristo “más allá de las fronteras ya trazadas” y a reconocer la acción de Dios incluso en situaciones y encuentros que pueden modificar sus propios planes.
Al comienzo de su reflexión, León XIV recordó la solemnidad de la Asunción de la Virgen María, celebrada el sábado, y destacó la relación “indisoluble” entre María y su Hijo. En ese marco, señaló que la resurrección de Cristo no debe ser considerada únicamente como un acontecimiento del pasado, sino como “una vida nueva que nos compromete”.
La enseñanza de la mujer cananea
El Papa centró luego su reflexión en la mujer cananea que acudió insistentemente a Jesús para pedir por su hija. Aunque pertenecía a un pueblo extranjero, había reconocido en Jesús al Mesías y depositaba en Él su confianza.
León XIV destacó que la mujer no pedía un beneficio para sí misma, sino la paz y la liberación para su hija. A pesar de los obstáculos y de la aparente resistencia que encontró, mantuvo su pedido hasta que Jesús reconoció su fe con estas palabras: “Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas”.
A partir de este pasaje, el Pontífice sostuvo que la Iglesia también está llamada a dejarse sorprender por la acción de Dios y a reconocer su presencia en circunstancias que pueden alejarse de sus propios planes.
“Su misión es anticipada por la gracia divina, que actúa en lo más recóndito de las conciencias”, afirmó, antes de exhortar a los cristianos a “aguzar el oído, abrir los ojos y el corazón” para descubrir aquello que Dios quiere comunicar.
“La mesa de Dios está preparada para todos”
León XIV presentó a la mujer cananea como un ejemplo de “humildad y determinación” y remarcó que su fe permite comprender que la mesa de Dios está preparada para todos.
“Gracias a su fe, aprendemos que la mesa de Dios está preparada para todos y que a nadie le corresponden las migajas, porque cada uno tiene su propio lugar junto al Padre”, afirmó.
En esa línea, cuestionó las situaciones que vulneran la dignidad humana y advirtió que, a la luz del Evangelio, resultan “insoportables las desigualdades, las discriminaciones y las barreras que pisotean la dignidad de tantos hijos e hijas de Dios”.
Una Iglesia comprometida con la paz
Hacia el final de su mensaje, el Papa recordó que la Iglesia tiene la misión de anunciar a Cristo en un mundo atravesado por conflictos y sufrimientos.
Al citar su encíclica Magnifica humanitas, León XIV afirmó que los cristianos son “la Iglesia de Jesucristo en un mundo atormentado, un mundo que busca la paz”, y confió esta misión a la intercesión de la Virgen María.
El Pontífice concluyó su reflexión evocando el Magníficat como “el canto de quien ya ve la realidad con la mirada de Dios y, por eso, no pierde la esperanza y actúa con caridad”.

