El nuncio apostólico en la Argentina, monseñor Michael W. Banach, inició oficialmente este jueves 6 de agosto su misión diplomática y pastoral en el país con la celebración de la Eucaristía en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires. En la ocasión, transmitió el primer mensaje que el papa León XIV le encomendó para el pueblo argentino: «¡Dios los ama! ¡El papa León también los ama!»
La celebración coincidió con la festividad de la Transfiguración del Señor y comenzó con la recepción del representante pontificio por parte del arzobispo de Buenos Aires, monseñor Jorge García Cuerva, quien lo acompañó hasta el retablo del Santísimo Sacramento para un momento de adoración.
Posteriormente, tras la lectura de la carta de presentación del nuncio ante la Iglesia en la Argentina, el presidente de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA), monseñor Marcelo Colombo, le dio la bienvenida en nombre del episcopado.
«En usted recibimos el abrazo del Santo Padre. Lo recibimos como un hermano, un servidor y un testigo. Nos alegramos por este camino que iniciamos juntos», expresó el arzobispo de Mendoza.
La celebración fue concelebrada, entre otros, por el arzobispo de Córdoba y vicepresidente primero de la CEA, cardenal Ángel Rossi SJ, y el arzobispo emérito de Buenos Aires, cardenal Mario Poli, junto a numerosos obispos del país.
También participaron autoridades nacionales, entre ellas la vicepresidenta Victoria Villarruel, a cargo del Poder Ejecutivo por el viaje al exterior del presidente Javier Milei; el vicepresidente provisional del Senado, Bartolomé Abdala; el secretario de Culto y Civilización, Agustín Ezequiel Caulo; y la subsecretaria de Culto, María Inés Brogin Alba.
El saludo del Papa al pueblo argentino
Durante la homilía, monseñor Banach reveló que, en un encuentro mantenido con el papa León XIV en junio, el Pontífice le pidió transmitir dos mensajes a los argentinos.
«El primero: ‘¡Dios los ama!’. El segundo: ‘¡El papa León también los ama!’. Dios quiere mostrarles su amor y su misericordia. Es un mensaje sencillo, ¡pero qué gran mensaje!», afirmó.
Asimismo, señaló que el Santo Padre acompaña espiritualmente al pueblo argentino con su oración y desea que todos crezcan en la fe y en la experiencia del amor misericordioso de Dios. En ese marco, recordó que esa cercanía también se manifestará con la visita pastoral que León XIV realizará al país en noviembre.
«Levántense, no tengan miedo»
Al reflexionar sobre el Evangelio de la Transfiguración, el nuncio apostólico centró su mensaje en las palabras de Jesús dirigidas a los discípulos: «Levántense, no tengan miedo», e invitó a la Iglesia en la Argentina a asumir ese llamado con esperanza.
«Para la Iglesia en la Argentina y para cada uno de nosotros, esas palabras nos abren al futuro y nos lo prometen, aun cuando no sepamos qué aspecto tendrá o qué nos exigirá», expresó.
Monseñor Banach reconoció que las personas atraviesan momentos de incertidumbre y cambio, pero recordó que Cristo invita siempre a levantarse y caminar con confianza.
«Sea lo que sea lo que hoy te abruma: levántate, no tengas miedo», exhortó.
Un pedido por la paz
Al finalizar la homilía, el representante pontificio recordó el 81º aniversario del bombardeo atómico sobre Hiroshima e invitó a no olvidar el sufrimiento provocado por las guerras que continúan afectando a diversas regiones del mundo, especialmente a Tierra Santa.
Frente a esas realidades, renovó el llamado a mantener viva la esperanza y a escuchar las palabras de Cristo: «Levántense, no tengan miedo», como una invitación permanente a vivir la fe con valentía y confianza en Dios.
A continuación, la homilía completa:

Fiesta de la Transfiguración del Señor y entrega de la Carta de Presentación a la Iglesia local
Homilía de monseñor Michael W. Banach, Nuncio apostólico, durante la misa en la que hizo entrega de las Cartas de Presentación a la Iglesia en la Argentina (Catedral de Buenos Aires, 6 de agosto de 2026)
Su Excelencia Mons. Jorge Ignacio García Cuerva, arzobispo de Buenos Aires,
Su Excelencia Mons. Marcelo Daniel Colombo, arzobispo de Mendoza y presidente de la CEA,
Excelencias, los Obispos de Argentina,
Queridos sacerdotes, religiosos y religiosas,
Miembros del Gobierno y del Cuerpo Diplomático,
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
1. Introducción. Es para mí una gran alegría estar con ustedes esta mañana para celebrar juntos la Santa Misa aquí, en la Catedral de Nuestra Señora de los Buenos Aires. Agradezco a Su Excelencia Monseñor Jorge Ignacio García Cuerva por su amable invitación para estar con ustedes y celebrar juntos la gran Fiesta de la Transfiguración del Señor. Verdaderamente tenemos muchos motivos para dar gracias a Dios.
2. Cercanía del Papa León XIV. El pasado mes de junio tuve la oportunidad de encontrarme con el Papa León en el Vaticano, y él me confió dos mensajes para ustedes. El primero: ¡Dios los ama! El segundo: ¡El Papa León también los ama! ¡Dios quiere mostrarles su amor y su misericordia! Es un mensaje sencillo, ¡pero qué gran mensaje!
El Papa León les asegura su cercanía espiritual y paternal, así como sus oraciones. Quiere que sepan que Dios los ama y desea mostrarles su perdón y su misericordia. El Santo Padre desea también que crezcan en la fe: fe en el amor y la misericordia de Dios, así como en su fe católica. Como testimonio de esta cercanía y deseo, el Papa León realizará una visita pastoral en Argentina en el mes de noviembre.
3. Nuncio Apostólico. Esta es la primera Misa que celebro en público desde que presenté mis Cartas Credenciales al Presidente Javier Milei el viernes pasado. A mi llegada en Argentina, a mitad de julio, le dije a los obispos cuánto me habría gustado celebrar esta Misa con ustedes, para poder presentar oficialmente la Carta mediante la cual el Cardenal Secretario de Estado me presenta ante la Iglesia Católica en Argentina. ¡Gracias, Excelencia, Mons. Colombo, por su acogida! Vengo entre ustedes como representante del Papa, pero también como hermano en Cristo y en el episcopado. Mi gran deseo es trabajar con ustedes, en espíritu de comunión, para fortalecer los vínculos entre el Santo Padre y la Iglesia católica en Argentina.
Como lema episcopal, he elegido una expresión de la Constitución pastoral sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes. Se trata de la frase en latín humanitate et caritate, es decir, con humanidad y caridad. Estoy seguro de que, teniendo presentes estos dos valores, podremos progresar y crecer juntos en esa realidad viva y verdaderamente hermosa que es la Iglesia católica.
4. La perícopa evangélica. El Evangelio de hoy, que narra la transfiguración de Jesús, a menudo se concibe, describe o comenta como una «experiencia en la cima de la montaña». Y creo que, en efecto, lo es; sin embargo, empiezo a pensar que no se trata de la experiencia en la cima de la montaña que solemos imaginar. Para la mayoría de nosotros, una experiencia en la cima de la montaña es algo grandioso. Estamos en la cumbre. Nos sentimos en la cima del mundo. Todo ha encajado a la perfección.
Es un momento de nuestra vida que nunca queremos que termine. Deseamos quedarnos allí y mantenerlo tal como está. Es la realización de aquello que hemos anhelado y soñado. Todo es perfecto. A menudo se asemeja al éxito o al logro. Simplemente no hay nada mejor que eso. El Evangelio de hoy reúne todas esas características.
Jesús ha llevado a Pedro, a Juan y a Santiago a «un monte elevado», y entonces comienzan a suceder cosas extraordinarias. El rostro de Jesús «resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz». Aparecen Moisés y Elías, y comienzan a hablar con Jesús. Pedro está viviendo una experiencia en la cima de la montaña.
Pedro le dice a Jesús: «Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Pedro no quiere que el momento termine; quiere capturarlo y retenerlo. Creo que eso es lo que la mayoría de nosotros deseamos cuando vivimos una experiencia en la cima de la montaña.
Entonces, una nube luminosa los envuelve a todos. Más luz. Una voz que sale de la nube dice: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección; escúchenlo».
5. Montañas, levantarse, temor. Pero me pregunto lo siguiente: ¿y si esa no fuera la verdadera experiencia en la cima de la montaña?
¿Y si el rostro resplandeciente de Jesús, sus vestiduras de un blanco deslumbrante, la presencia de Moisés y Elías, la nube luminosa y la voz que sale de ella fueran -en el mejor de los casos- solo señales que apuntan hacia la experiencia en la cima de la montaña? O -en el peor de los casos- distracciones que nos alejan de ella? ¿Y si la verdadera experiencia en la cima de la montaña ocurriera cuando Jesús les dice a Pedro, Santiago y Juan: «Levántense, no tengan miedo»?
Lo que sea que estén viviendo Pedro, Santiago y Juan en la montaña es algo que nunca antes habían experimentado. Supera su entendimiento; no logran encontrarle sentido. Es algo tan grande, tan abrumador, que los envuelve por completo y los hace caer al suelo. Y están aterrados.
Quizás teman por su propia seguridad. Quizás estén aterrorizados porque no saben qué sucederá a continuación. Quizás sea cierto que «¡terrible cosa es caer en manos del Dios vivo!» (Hebreos 10:31). Quizás sientan terror porque la experiencia es tan asombrosa que no logran comprenderla ni asimilarla del todo. Sabes bien a qué me refiero, ¿verdad? Yo también lo sé. Sospecho que todos nosotros hemos experimentado ese terror de estas y de mil otras maneras.
Están viviendo algo más grande de lo que jamás imaginaron, más de lo que jamás soñaron. Nosotros también hemos pasado por momentos así, en los que la vida nos ha desbordado con situaciones que superaban nuestra capacidad de respuesta. Momentos en los que la vida nos exigía más de lo que creíamos poder dar; en los que chocábamos contra nuestros propios límites y nos preguntábamos si estaríamos a la altura de la situación.
Sea cual sea la forma en que esto ocurra, siempre conlleva un cambio. A veces deseamos ese cambio, y otras veces no. A veces nos esforzamos mucho por lograrlo y nos sentimos decepcionados cuando no sucede. Y, en ocasiones, sentimos que la vida nos trae cambios que nunca quisimos ni pedimos.
Y esas reflexiones no son solo para Pedro, Juan y Santiago. Son también para nosotros. Todos estuvimos en esa situación de cambio, preguntándonos qué hacer al respecto, cómo afrontarlo, qué sería de nosotros, adónde iríamos y cómo sería la vida. Quizás sea ahí donde te encuentras hoy. «Levántense, no tengan miedo».
Y debo creer que, para la Iglesia en Argentina y para cada uno de nosotros aquí presentes, esas palabras nos abren al futuro y nos lo prometen, aun cuando no sepamos qué aspecto tendrá, adónde nos llevará o qué nos exigirá. «Levántense, no tengan miedo».
Si estás postrado en el suelo y vivís con miedo, estás viviendo una vida de menor cualidad de la que Dios quiere para ti, estás viviendo por debajo de lo que realmente sos. Así que, sea lo que sea que te haya derribado y te haya dejado en el suelo aterrorizado, sea cual sea el cambio que haya llegado a tu vida -lo hayas deseado o no-, sea lo que sea lo que hoy te abruma: «Levántate, no tengas miedo».
6. Conclusión. No puedo terminar sin mencionar lo que ocurrió hace hoy 81 años: el lanzamiento de la primera bomba atómica sobre Hiroshima, en Japón. La ciudad «resplandecía como el sol» y unas 80.000 personas murieron al instante. Decenas de miles de hombres, mujeres y niños fallecieron en los meses y años posteriores a causa de la exposición a la radiación. La intensa radiación de la explosión vaporizó a las personas, dejando tras de sí únicamente imágenes calcinadas en los muros que marcaban el lugar donde se encontraban. Al contemplar la gloria divina que resplandece en el rostro de Jesús en el monte de la Transfiguración, no debemos olvidar el sufrimiento causado por las guerras, incluidos los conflictos que en este preciso momento destruyen vidas y comunidades en todo el mundo, particularmente en la tierra donde nuestro Señor vivió su vida humana.
Pase lo que pase, siempre necesitamos escuchar las palabras fuertes y reconfortantes de nuestro Señor: «Levántense, no tengan miedo». Levantarme y no vivir con miedo: esa es la experiencia de estar en la cima de la montaña que yo deseo. ¿Y vos?
Mons. Michael W. Banach, nuncio apostólico.

