Breve exhortación a la amistad


En diversas ocasiones del día a día (sea en el trabajo, la universidad, la iglesia u otros ámbitos) nos encontramos en debates referidos a la amistad, como también a los beneficios o problemas que pueda traernos a nuestras vidas las relaciones de este tipo. Sin embargo en pocas de estas tantas ocasiones nos planteamos explícita y directamente preguntas como ¿Qué es la amistad? ¿Por qué debemos de tener amigos? ¿Existe algún parámetro para medir la calidad de una relación amistosa? Habitualmente estos cuestionamientos aparecen inmersos en otra pregunta un tanto más radical ¿Cómo es una vida feliz? A la cual rápidamente podemos responder con una enumeración de bienes básicos de los que todo ser humano desea disponer como: salud, realización personal, bienestar económico, relaciones humanas de calidad, además de uno u otro elemento que cada quien pueda preferir de modo particular, no obstante siempre aparece la amistad como factor decisivo de una vida feliz. De lo que se sigue poder enunciar más claro la pregunta ¿Por qué la amistad resulta tan importante para nuestras vidas? 

¿Por qué tenemos amigos?

El filósofo Aristóteles, definió al hombre como ζῷν πολῖτῖκόν (Animal político/social) es decir que se constituye y se desarrolla a partir de las relaciones que establece dentro de una comunidad, utilizando herramientas propias como por ejemplo el lenguaje, la educación, entre otras. Sin ello no seriamos humanos.

Ahora bien, sirviéndonos de esta definición del hombre, podemos inferir que tenemos amigos y que es posible gracias a que en nuestra naturaleza así está determinado, somos en y por la comunidad de la que somos partícipes. Sin embargo, siendo la amistad uno de los tantos modos de relacionarnos, aún no se vislumbra porque su prominencia en comparación a los demás modos de estar con otros. Todos conocemos personas que a lo largo de su vida, por diversos motivos, prescinden de tener relaciones tales como las amorosas, bien por qué no han encontrado a la pareja indicada o bien porque simplemente así lo deciden. Por otra parte, toda persona cuenta con al menos un amigo a lo largo de su vida.

Al respecto de ello, en su célebre teoría de la amistad, Aristóteles nos aclara sobre esta tarea de acompañar que los amigos llevan adelante en la vida de todos los seres humanos:

«[…] Cuando somos jóvenes, reclamamos de la amistad que nos libre de cometer faltas dándonos consejos; cuando viejos, reclamamos de ella los cuidados y auxilios necesarios para suplir nuestra actividad, puesto que la debilidad senil produce tanto desfallecimiento; en fin, cuando estamos en toda nuestra fuerza, recurrimos a ella para realizar acciones brillantes.»

Por tanto recurrimos a los amigos, en distintas ocasiones y momentos de nuestra vida por diferentes motivos, pero siempre son necesarios. A lo cual agrega el estagirita: 

«Todo el mundo conviene en que los amigos son el único asilo donde podemos refugiarnos en la miseria y en los reveses de todo género.»

Siendo la vida del hombre finita, a la vez que repleta de dificultades y dolores, tener amigos con los que contar es primordial para poder desempolvarnos y continuar hacia adelante.

La Sagrada Escritura también nos orienta en este sentido:

«El amigo es el que quiere en todo tiempo; los hermanos nos fueron dados con miras al tiempo malo.»

A partir de estas afirmaciones la amistad se presenta como un bien en la vida de los seres humanos, y considerando esto cabe preguntarse ¿Cómo disponemos de la amistad?

Los tipos de amistad

Etimológicamente «amistad» proviene del termino griego «Φιλία» uno de los tantos modos de referirse al amor, emparentado con el verbo «Φιλέω» que implica un «querer con amor puro» o «querer amistosamente.»

En este sentido, cuando disponemos de los amigos, amamos al otro de un modo especial, establecemos una relación afectiva que como tal no es perfecta. De manera semejante en tanto que amantes, los amigos también se enfrentan a discusiones, desencuentros, alejamientos o enojos, y se halla en estas situaciones la posibilidad de crecer en amor y enriquecer la relación con el otro, practicando la buena comunicación, la reconciliación y el perdón.

A partir de los motivos que nos llevan a querer entablar amistades con los demás, aquellos motivos por los que amamos y tenemos a bien contar con tal persona, es decir su fin en nuestra vida. Podemos enunciar diferentes tipos de amistades, que por supuesto siempre son reciprocas:

Inicialmente los que se aman por utilidad, buscan el mutuo beneficio que pueden aprovechar uno del otro,  siendo este el tipo de amistad más frecuente, y luego los que se aman por el placer que les proporciona su relación. En ambos casos el objeto de la amistad no son las personas, sino lo útil o agradable que extraen uno del otro, siendo así relaciones volátiles, que fácilmente se destruyen en cuanto el objeto desaparece, bien cesa la utilidad o bien cesa el placer. Son amistades indirectas y accidentales dado que en el fondo solo se busca el propio bien personal.

Por otro lado, existe la amistad en virtud, donde se desean mutuamente el bien para el otro basado en el amor hacia su propia persona, lejos del egoísmo del propio bien. Es necesario resaltar que para que esto se dé, los amigos deben ser iguales en virtud, de modo que por su propia naturaleza se amen y no accidentalmente. De esta forma quienes son amigos en virtud, encuentran también utilidad y placer en su relación, dado que crecen mutuamente y sienten placer en el bien del otro, sin que esto sea el objeto principal de su amor, sino la propia persona del amigo. Como bien dice Aristóteles:

«Los que quieren el bien para sus amigos por motivos tan nobles son los amigos por excelencia»

Siendo la virtud buena y duradera, las amistades de este tipo también lo son.

No hay amor más grande que éste: dar la vida por sus amigos.

En suma, la amistad moviliza muchos aspectos de nuestras vidas, a la vez que nos posibilita crecer como personas en el ejercicio del amor a los amigos.

Amar virtuosamente nos enriquece el alma, nos hace acercarnos a los demás hospitalariamente, siendo solidarios, cariñosos, comprensivos, buscando siempre que nuestras obras eleven a quienes nos rodean, y forzándonos mutuamente a ser mejores.

En tiempos donde la desconfianza, el aprovechamiento o el rencor son moneda corriente, abrirnos a la posibilidad de amar sin miramientos a lo superficial es una manera de transformar los entornos en los que nos encontramos habitualmente, tanto como cambiarnos a nosotros mismos.

En este día de la amistad, los invito a llevar adelante el mandamiento del Señor «Ámense unos con otros, como yo los he amado» con especial fervor hacia los amigos, expresar nuestro amor sin reservas brindándonos los unos a los otros, procurando con ello alcanzar la felicidad propia de los buenos amigos.

 Por el Prof. Sanchez Facundo Daniel