El inicio de la zafra yerbatera 2026 llega con un dato que sintetiza la crisis del sector: hoy un productor necesita alrededor de 40 kilos de hoja verde para comprar un litro de gasoil. Hace poco más de dos años, con apenas dos kilos alcanzaba.
El cálculo, elaborado por el productor de Aristóbulo del Valle Jorge Skripczuk, pone en números concretos el deterioro del poder de compra de la materia prima, en un contexto marcado por la desregulación del Instituto Nacional de la Yerba Mate (INYM) y la ausencia de un precio mínimo que ordene el mercado.
Actualmente, los secaderos están ofreciendo alrededor de 210 pesos por kilo de hoja verde al contado. Sin embargo, ese valor dista mucho de ser lo que efectivamente recibe el productor. De ese monto se deben descontar 41,92 pesos correspondientes a la corresponsabilidad gremial, lo que deja un ingreso de 168 pesos.
A partir de allí, los costos de cosecha -tarefa y flete- representan entre 110 y 120 pesos por kilo, lo que reduce el margen real de ganancia que llega al bolsillo del colono a apenas 48 pesos por kilo de hoja verde.
El escenario se vuelve aún más complejo si se analizan las otras modalidades de pago que ofrecen los secaderos: 230 pesos con una parte en efectivo y el resto a 120 días, o 240 pesos totalmente diferidos en cheques a cuatro meses. En un contexto de inflación que no para, el diferimiento del pago termina licuando aún más el ingreso del productor.
Pero el impacto de esta crisis ya trasciende a la chacra. “En el interior hay preocupación en el comercio, en la industria, en los municipios, por la caída de los recursos que circulan. Se nota menos circulante y eso afecta a toda la economía”, advirtió Skripczuk. Y agregó que la situación también golpea a otras actividades: “A los tealeros les están ofreciendo precios irrisorios por la cosecha y están abandonando el té. Entonces vienen los secaderos y le compran la poda del té, y eso va a terminar adentro del paquete de yerba”.
El contraste con diciembre de 2023 es contundente. En ese momento, el precio de la hoja verde era también de 210 pesos, pero los descuentos eran significativamente menores: 11 pesos de corresponsabilidad gremial y unos 15 pesos de cosecha. El ingreso neto rondaba los 184 pesos por kilo. Con ese valor, dos kilos de hoja verde alcanzaban para comprar un litro de gasoil, que entonces costaba 380 pesos.
Hoy, con el litro de gasoil en torno a los 2.000 pesos, la ecuación cambió drásticamente. El salto de costos, combinado con la falta de regulación, dejó al productor en una situación de extrema fragilidad.
Detrás de este deterioro aparece un cambio estructural en la política yerbatera. La desregulación del INYM, impulsada por el Gobierno nacional y defendida por funcionarios como Federico Sturzenegger, eliminó la posibilidad de fijar precios mínimos para la hoja verde y la yerba canchada, trasladando la formación de precios al libre juego del mercado.
“Estos modelos de libre mercado siempre trajeron consecuencias negativas, nunca sirvieron a las economías regionales. Son modelos que ya vivimos en los 90, destruyen las economías regionales. Desguazando el INYM están beneficiando a dos o tres grandes industrias”, cuestionó el productor.
Desde el oficialismo nacional sostienen que esta apertura generará mayor competencia y eficiencia en la cadena. Sin embargo, en el territorio, los productores denuncian que la desregulación los dejó expuestos frente a los eslabones más concentrados, como secaderos e industrias, que terminan imponiendo condiciones.
El resultado, advierten, es un proceso de transferencia de ingresos desde el productor hacia los sectores más fuertes de la cadena, con un impacto directo en las economías regionales.
En Misiones, donde la yerba mate es una de las principales actividades productivas, la situación ya genera preocupación. Algunos productores comenzaron la zafra el lunes 16, mientras que otros evalúan postergar la cosecha o incluso no levantar la hoja verde como forma de presión para forzar una suba de precios.
“Desde el grupo Impulso Yerbatero pedimos que la gente trate de aguantar, no cosechar, no regalar la hoja verde porque en algún momento, si escasea hoja, tiene que revertirse el precio y mejorar”, sostuvo Skripczuk.
La estrategia apunta a generar escasez de materia prima y obligar a una recomposición del valor. Sin embargo, también implica riesgos: dejar de cosechar significa resignar ingresos en un contexto donde muchos pequeños productores ya están al límite.
La discusión de fondo es más amplia que un precio puntual. Se trata de la sostenibilidad de miles de familias que dependen de la actividad yerbatera y de un modelo productivo que, sin mecanismos de regulación, muestra signos de creciente desigualdad.

