«Tu fe te ha salvado (…) Vete en PAZ»


Doy inicio al presente texto situándome en el contexto lucano, en virtud de que es a San Lucas a quien se le atribuye la redacción de este relato al que hago alusión en el título, según asiente la mayoría histórica. Entonces, me recreo en él -¿y por qué no?-; me lanzo atrevidamente en cada escena, sintiéndome protagonista y no mera espectadora. Ya he sabido con antelación que, para Jesús, las mujeres tienen una relevancia especial, según nos cuenta el evangelista. ¡Esto me anima sobremanera!

De un soplo, me encuentro en medio de un urbanismo muy particular, casi universal, en el que diversas culturas se entretejen, cohabitan y algunas hasta se abrazan. Camino -¡hacia adelante!, tímidamente- por temor a aquellos que llaman «los fariseos», no sin antes vislumbrar el sol ante el ocaso. Mis pasos son cortos pero firmes y, de pronto, me sorprende con suavidad un olor a comida exquisita que proviene de una casa en el corazón de la ciudad. La puerta entreabierta da a entender que el lugar aguarda a más comensales y, a sabiendas de no haber sido yo invitada, entro sin preguntar.

Días atrás me habían hecho saber que Jesús comería en casa de algún fariseo, por lo que encontrarle ahí no me tomó por sorpresa. Su mirada me deslumbra e inmediatamente me postro ante su presencia y, sin vacilar, unjo sus pies con perfume: el más costoso que una mujer pueda poseer. Lloro, tal vez de alegría, pero mi cabello logra secar todo rastro de lágrima alguna.

De pronto, con ternura intrépida, resuenan estas palabras:

«Tus pecados quedan perdonados» (Lc 7, 48); «Tu fe te ha salvado, vete en PAZ» (Lc 7, 50).

Te cuento, querido lector, que luego de la escena narrada, ni la noche, ni el miedo, ni el desprecio de los fariseos lograrán intimidarme nunca más; más bien, continuaré mi rumbo hacia ¡ADELANTE!, dejando atrás todo aquello. Y si el sol había quedado escondido en el ocaso, las luciérnagas hablarán por mí, anunciando, entre cánticos, la alegría del Creador.

Y así, sigue nuestro amigo San Lucas contándonos -en perfecto lenguaje griego, con pluma elegante y fina- que Jesús recorre ciudades y pueblos, guiado por el Espíritu, anunciando la Buena Nueva del Reino y mostrando el camino de salvación a los extraviados. Asumo que tú y yo también somos extraviados invitados a caminar con Él en medio de la ciudad. El camino mostrado es teología irrevocable:

«Tus pecados quedan perdonados» (Lc 7, 48); «Tu fe te ha salvado, vete en PAZ» (Lc 7, 50).

¡GRACIAS, LUCAS! ¡Contemos la historia!

Isabella Orellana

Locutora Católica.

Profesora universitaria en Teología. Esposa y madre de familia.

@isaorellanal