Reforma Laborar y Rerum Novarum


Cuando en 1891 el Papa León XIII publicó la encíclica Rerum Novarum, no lo hizo para proponer un sistema técnico, sino para recordar una verdad eterna: el trabajo es para el hombre, y no el hombre para el trabajo. El Papa denunciaba con vehemencia que «la usura voraz» y la «concentración de la riqueza» reducían al obrero a la condición de esclavo. Para el pensamiento católico, el trabajo posee una sacramentalidad social; es el lugar donde el ser humano despliega sus talentos para el Bien Común, cobijado por la solidaridad de sus pares y la justicia del salario.

Sin embargo, el siglo XX inició un proceso de deshumanización. Primero, la máquina convirtió al hombre en un engranaje; luego, la burocracia lo transformó en un legajo. Pero el golpe más insidioso ocurrió al final del milenio: la estabilidad se disolvió en la «flexibilidad». En nuestra amada y herida Argentina, este fenómeno ha cobrado un tinte trágico. La crisis institucional y la pobreza estructural han fragmentado el alma del trabajador. Ya no hay un «nosotros» que defender en la fábrica o la oficina; solo hay una carrera individual contra la incertidumbre.

Hoy, bajo el influjo de una modernidad líquida y digital, hemos pasado de la explotación del cuerpo a la seducción del rendimiento. El trabajador argentino, asfixiado por la inflación y la falta de horizontes, ya no busca la justicia social en la polis, sino el éxito en el algoritmo. Se percibe a sí mismo como «inversor» de sus escasos ahorros cripto o como «emprendedor» en sus horas de insomnio, rechazando la identidad de «obrero» por sentirla una condena al sótano de la pirámide social.

Esta identidad performativa explica la paradoja política actual: muchos trabajadores abrazan reformas que desmantelan sus propias protecciones históricas. No es necesariamente un error de cálculo, sino un síntoma de desesperanza social. Ante un Estado que perciben como una maquinaria ineficiente y sindicatos que a veces parecen alejados del clamor de la periferia, el individuo elige la «libertad» del desamparo. Prefieren la ilusión de la meritocracia (esa idea de que el talento propio los salvará del naufragio) antes que un sistema de derechos que ya no sienten que les pertenezca. Incluso nuestra cultura popular ha cambiado el himno al esfuerzo colectivo por la oda al lujo individual, donde el éxito se mide en la distancia que uno logra poner entre sí mismo y la pobreza.

Cuenta una historia que dos hombres picaban piedra en una cantera bajo el sol ardiente de la Pampa. Un caminante preguntó al primero qué hacía: «Me alquilo por horas para no morir de hambre; mañana quizás pique en otra parte», respondió con los ojos vacíos. El caminante preguntó al segundo, quien trabajaba junto a sus hermanos en una cooperativa protegida por la ley: «Estamos construyendo una catedral para el pueblo», contestó con orgullo.

Una ley que facilita el despido puede vaciar las manos del hombre, pero una ley que olvida la dignidad del trabajador termina por vaciarle el alma. No hay libertad verdadera allí donde el hombre es visto como un gasto a reducir, y no como la imagen viva de Dios en el centro de la creación.