La ansiedad no es una palabra moderna. No nació con las redes sociales ni con el ritmo acelerado de nuestro tiempo. La ansiedad habita el corazón humano desde siempre, allí donde el miedo, el deseo de control y la incertidumbre se cruzan con nuestra fragilidad. San Francisco de Sales lo sabía bien.
Por eso, siglos después, su voz sigue siendo sorprendentemente actual para quienes hoy luchan con la inquietud interior, el desasosiego y la ansiedad.
Aquí te compartiré consejos espirituales pero, ojo, el acompañamiento profesional —psicológico y psiquiátrico— es una parte esencial del cuidado integral de la persona. Con este artículo, no se busca en ningún caso sustituir la ayuda clínica cuando es necesaria.
San Francisco de Sales: santo de la mansedumbre… y del realismo espiritual

San Francisco de Sales (1567–1622), obispo de Ginebra y doctor de la Iglesia, es conocido como el «doctor de la dulzura». Pero su dulzura no fue evasión ni ingenuidad espiritual; fue fruto de un conocimiento profundo del alma humana.
Vivió tiempos de conflictos, tensiones religiosas y grandes responsabilidades pastorales. En medio de todo eso aprendió —y enseñó— algo esencial: la santidad no se construye desde la dureza, sino desde la mansedumbre.
Él mismo lo expresaba con claridad: «Nada es tan fuerte como la dulzura, y nada es tan dulce como la verdadera fortaleza».
Se trata de una fortaleza interior que sabe esperar, confiar y descansar en Dios incluso cuando el alma está inquieta.
¿Qué pensaba san Francisco de Sales sobre la ansiedad?

San Francisco no minimiza la ansiedad. No la espiritualiza de forma superficial ni la ignora. La describe como un gran mal del alma, no porque sea pecado, sino porque nos roba la paz interior y nos aleja de la confianza filial en Dios.
Decía con realismo: «La inquietud es el mayor mal que puede sobrevenir al alma, exceptuando el pecado». Para él, la ansiedad suele nacer de un deseo bueno —resolver un problema, evitar el sufrimiento, hacer el bien—, pero vivido con impaciencia y sin abandono.
Queremos que el dolor se vaya rápido, queremos respuestas inmediatas y queremos controlar lo que no está en nuestras manos. Cuanto más nos agitamos interiormente, más nos enredamos.
1. Cómo reaccionar cuando el alma se agita

San Francisco explica esta dinámica con una imagen muy simple y profundamente humana: «Los pájaros atrapados en una red no se liberan agitándose, sino permaneciendo quietos».
¿No nos pasa algo parecido? Cuanta más ansiedad, más movimiento interior… y, paradójicamente, menos libertad. Por eso advertía con firmeza y ternura a la vez: «Nunca hay que actuar bajo el impulso de la inquietud».
No porque haya que huir de las decisiones difíciles, sino porque la ansiedad nubla el discernimiento y nos empuja a actuar desde el miedo y no desde la confianza.
2. La mansedumbre como medicina espiritual

Para san Francisco de Sales, la respuesta cristiana a la ansiedad no es la autoexigencia extrema ni la lucha violenta contra uno mismo, sino la mansedumbre del corazón: mansedumbre con Dios, mansedumbre con los tiempos y, sobre todo, mansedumbre con uno mismo.
Por eso aconsejaba: «Ten paciencia con todas las cosas, pero sobre todo contigo mismo». Esta frase, tan breve, resulta profundamente sanadora para un corazón ansioso, porque muchas veces la ansiedad se alimenta del reproche interior, de la presión constante y del miedo a no estar a la altura.
3. Buscar la paz antes que la solución

San Francisco no promete alivios mágicos ni soluciones instantáneas. Propone algo más hondo: ordenar el corazón antes de actuar.
Invita a presentar a Dios aquello que nos inquieta, sin maquillarlo; a no tomar decisiones importantes mientras el alma está alterada; a aceptar humildemente que no todo depende de nosotros y a compartir la inquietud con alguien que ayude a mirar con fe.
Sabía que «el enemigo no tiene tanto poder sobre las almas pacíficas». La paz interior no elimina los problemas, pero les quita poder.
4. Una palabra para nuestro tiempo

Vivimos en una cultura que exalta la velocidad, el control y la eficacia constante. En ese contexto, la ansiedad parece casi inevitable. San Francisco de Sales nos recuerda que Dios no nos conduce por la presión interior, sino por la confianza amorosa.
Nos deja una certeza que atraviesa toda su espiritualidad: «La medida del amor es amar sin medida». Porque cuando el corazón aprende a amar —y a confiar— sin medida, la ansiedad pierde fuerza.
¿Qué pasaría si, en lugar de pelear con tu ansiedad, la llevaras con mansedumbre a Dios?
San Francisco de Sales nos enseña que la paz no llega cuando todo se resuelve, sino cuando el corazón se abandona. Y ese abandono —frágil, imperfecto, cotidiano— también es camino de santidad.
Por Maria del Rosario Spinelli para Catholic Link

