Opinión: entre el anhelo de libertad y la sombra de la intervención


La noticia sacudió al continente este fin de semana: Nicolás Maduro ha sido capturado y sacado de Venezuela. Para millones de hermanos y hermanas venezolanos, dentro y fuera de su patria, este hecho representa un suspiro contenido durante años, una ventana que se abre tras una larga noche de opresión. Como Iglesia, nuestra primera mirada debe ser hacia ellos: hacia las víctimas.

No podemos, ni queremos, ocultar la realidad: el régimen que ha caído era una herida abierta en la región. Acompañamos de corazón el sentimiento de alivio de tantos que sufrieron persecución, cárcel injusta, torturas y el hambre que forzó el éxodo más grande de la historia reciente de América Latina. Hoy, muchos sienten que se ha hecho justicia frente a un sistema que les arrebató la dignidad y el futuro. Validamos su dolor y su esperanza de reconstrucción. Sin embargo, la alegría por el fin de una tiranía no debe cegarnos ante los peligros de la forma en que esta se ha producido.

En medio de la confusión y el ruido de guerra, la voz de la Iglesia resuena con claridad. Tras el Ángelus de este domingo 4 de enero, el Papa León XIV expresó su cercanía paternal: «Sigo con gran preocupación la evolución de la situación en Venezuela».

El Santo Padre nos recuerda que el fin último no es el cambio de un gobierno por la fuerza de las armas extranjeras, sino la paz duradera. «El bien del amado pueblo venezolano debe prevalecer por encima de cualquier otra consideración», aseguró el Papa, instando a «superar la violencia y emprender caminos de justicia y paz, garantizando la soberanía del país».

Aquí radica el quid de la cuestión ética actual. El Papa León XIV subraya la necesidad de asegurar el estado de derecho y respetar los derechos humanos, trabajando por un futuro de «estabilidad y concordia». La pregunta que surge es: ¿Puede una intervención militar extranjera, unilateral y violenta, ser la semilla de esa concordia?

La captura de un dictador es un alivio, sí, pero la muerte de 40 personas en el ataque y la violación de la soberanía nacional sientan un precedente peligroso. La Doctrina Social de la Iglesia nos enseña que el fin no justifica los medios. Si aplaudimos la intervención ilegal hoy porque nos gusta el resultado, ¿qué diremos mañana cuando esa misma fuerza se use contra una causa justa?

Es aquí donde debemos ser cuidadosos. El rechazo a la tiranía de Maduro y el deseo legítimo de libertad no otorgan un cheque en blanco para que potencias extranjeras violen la legislación internacional y dispongan de vidas humanas sin juicio previo. La soberanía de los pueblos es sagrada, y la justicia verdadera no se impone desde portaaviones, sino que se construye desde la institucionalidad y el reconocimiento del otro.

El análisis de los hechos revela una transgresión flagrante. Trump ha actuado sin la aprobación del Congreso de su país y, lo que es más grave para la comunidad global, violando la soberanía de una nación y los Convenios de Ginebra. El bombardeo a embarcaciones y la ejecución extrajudicial de marineros que, según reportes, ya estaban indefensos en el agua, no es un acto de guerra: es un crimen. Como bien señalaba San Juan Pablo II, «la guerra es siempre una derrota de la humanidad». Pero una guerra ilegal, basada en mentiras y ejecuciones sumarias, es además una derrota de la civilización.

La justificación del «narcoterrorismo» se desmorona ante la evidencia. Venezuela no es el motor de la crisis de opioides en EE. UU., y resulta de una hipocresía farisaica que Washington ataque Caracas mientras indulta a narcotraficantes convictos de naciones aliadas. La verdad es que esta operación huele menos a justicia y más a la rancia Doctrina Monroe, esa pretensión imperial de tratar a América Latina como un patio trasero donde la vida vale menos que los intereses geopolíticos.

Nos duele la hipocresía global. Vemos cómo se actúa con celeridad militar aquí, mientras se guarda un silencio cómplice ante el genocidio en Gaza o el hambre en otras latitudes. Pero hoy, nuestra oración está centrada en Caracas, en Maracaibo, en Barquisimeto.

Debemos rezar para que este vacío de poder no se llene con más violencia, sino con la responsabilidad cívica que tanto ha demostrado el pueblo venezolano. Que la transición no sea dictada por intereses imperiales, sino por la voluntad de los venezolanos de «construir juntos un futuro sereno», como pidió el Papa León.

Padre Leandro