Licenciada en Trabajo Social, con 56 años y una trayectoria marcada por la superación personal, Marisa Gicela Baez convierte cada obstáculo en un nuevo desafío. Desde Posadas, donde reside desde fines de los años 80, reflexiona sobre discapacidad, políticas públicas y el valor de la participación ciudadana.
La vida cotidiana está hecha de historias silenciosas, que no siempre ocupan titulares pero hablan de esfuerzo, constancia y dignidad. La de Marisa es una de ellas. En diálogo con Nuestras Mañanas, compartió su recorrido personal, los desafíos que enfrenta a diario y su mirada crítica sobre la inclusión y las políticas públicas en Argentina.
Nacida en Colonia Wanda, inició su camino universitario a los 18 años y, tras un breve paso por Medicina en Corrientes, se radicó en Posadas, donde se graduó como licenciada en Trabajo Social en el año 2000 tras cursar Ciencias Económicas. Desde entonces amplió su formación con posgrados y nuevas carreras, convencida de que “el estudio es su herramienta de vida”. Con parálisis cerebral espástica y movilidad reducida, advierte sobre las barreras de accesibilidad y los altos costos de traslado en la ciudad. Si bien reconoce que Argentina cuenta con un marco legal avanzado en materia de discapacidad, cuestiona su aplicación efectiva y reclama mayor compromiso institucional, sin dejar de reafirmar su vocación de participación y formación permanente.
Escuchá el audio de la entrevista en Radio Tupambaé:
Vivir con discapacidad en una ciudad poco accesible
Marisa nació con parálisis cerebral espástica. A lo largo de su vida atravesó tres cirugías en una pierna y numerosos procesos de rehabilitación. En los últimos años, su movilidad se ha visto aún más reducida debido a problemas articulares y artrosis en uno de sus brazos. Actualmente se desplaza con andador y depende en gran medida del acompañamiento familiar para salir de su casa.
“El traslado se volvió carísimo y complicado. Posadas ya no es la ciudad que conocí cuando llegué”, explica. Señala que el sistema de transporte urbano no resulta verdaderamente accesible: rampas manuales, asientos elevados y escaleras internas dificultan el uso por parte de personas con movilidad reducida.
Las veredas deterioradas y la falta de infraestructura adecuada agravan la situación. “No puedo disfrutar de la ciudad. Salgo únicamente para controles médicos o trámites indispensables”, lamenta.
Trabaja en el ámbito estatal y actualmente cumple funciones de manera remota, modalidad que le permitió preservar su salud. Sin embargo, advierte que muchas personas con discapacidad no cuentan con esa posibilidad y enfrentan mayores obstáculos para acceder al empleo y a la educación superior.
Normas ejemplares, aplicación deficiente
Desde su formación en políticas sociales, sostiene que Argentina posee marcos normativos avanzados en materia de discapacidad, pero cuestiona su implementación efectiva.
“Las leyes son buenas, incluso la adaptación de la convención es muy valorada en otros países. El problema es la aplicación. Siento un estancamiento y, en algunos aspectos, un retroceso”, señala.
También expresa preocupación por las modificaciones y controles en el sistema de pensiones y ayudas estatales. Considera que los controles son necesarios, pero advierte que deben realizarse con criterios claros y sensibilidad social, ya que las familias con integrantes con discapacidad afrontan gastos significativamente mayores en ayudas técnicas, medicación y tratamientos.
“Nadie está exento de adquirir una discapacidad en algún momento de su vida. Cuando te toca, recién entendés lo que significa”, reflexiona.
Participación, valores y democracia
Comprometida con la vida democrática, Marisa nunca dejó de votar, aun cuando ello implicara organizar traslados especiales o solicitar condiciones de accesibilidad en los establecimientos educativos. “Si no votás, ¿qué derecho tenés a criticar?”, sostiene.
Desde su mirada, la democracia argentina necesita mayor participación ciudadana y dirigentes con coherencia, honestidad y respeto institucional. “Falta humildad y valores, tanto en la política como en la sociedad”, opina.
Sueños pendientes
A pesar de las dificultades físicas y emocionales que atraviesa —agravadas por el aislamiento y el calor—, mantiene intactos sus proyectos. Sueña con finalizar su maestría, concluir la carrera de Comunicación, escribir un libro y crear un espacio radial para abordar la temática de la discapacidad desde una perspectiva educativa y social.
También guarda un deseo personal: viajar. México, Grecia y Egipto encabezan su lista. En especial, anhela conocer la Basílica de Guadalupe y el complejo de Televisa en Ciudad de México.
“Quiero dejar una experiencia de vida para los demás”, afirma.
Su historia no busca compasión, sino conciencia. Habla de la necesidad de construir una sociedad verdaderamente inclusiva, donde las normas se traduzcan en realidades y donde la empatía deje de ser un discurso para convertirse en práctica cotidiana.
Mientras tanto, Marisa sigue estudiando, proyectando y participando. Porque, como ella misma dice, bajar los brazos nunca fue una opción.


