En el Ángelus de este domingo, el Papa reflexionó sobre la parábola del banquete de bodas y animó a los cristianos a compartir el amor de Jesús con generosidad, valentía y fe, aun cuando su mensaje no sea comprendido o aceptado.
El papa León XIV invitó a los fieles a anunciar el Evangelio con alegría y perseverancia, incluso cuando sus acciones o palabras sean rechazadas o malinterpretadas. Lo hizo durante el rezo del Ángelus de este domingo 11 de octubre, ante numerosos fieles reunidos en la Plaza de San Pedro.
En su reflexión, el pontífice se centró en la parábola del banquete de bodas, narrada en el Evangelio según san Mateo. En el relato, un rey invita a numerosas personas a la celebración de la boda de su hijo, pero muchos rechazan la convocatoria. Algunos prefieren ocuparse de sus propios asuntos, mientras que otros insultan e incluso matan a los mensajeros enviados por el rey.
León XIV señaló que esta actitud también se manifiesta en la vida cotidiana. «No siempre el bien que ofrecemos es comprendido, reconocido, apreciado; es más, a veces es malinterpretado y rechazado», expresó.
Ante esta realidad, el Papa alentó a no desanimarse y destacó la actitud del rey, que no suspendió la celebración por el rechazo recibido, sino que amplió la invitación y envió a sus servidores a convocar a más personas. De este modo, la alegría de la fiesta podía convertirse en un regalo para todos.
La invitación de Jesús a compartir su amor
Al profundizar en el significado de la parábola, León XIV afirmó que «la fiesta de bodas es la nuestra». Explicó que la sala del banquete puede reconocerse en las iglesias, los hogares y los distintos espacios de la vida cotidiana, donde Jesucristo vuelve a manifestar su amor y espera una respuesta de las personas.
En ese sentido, vinculó la imagen del vestido de bodas con el bautismo y las buenas obras. Según señaló, estos signos expresan el vínculo con Dios y la comunión entre las personas.
Una alegría profunda y verdadera
Al concluir su mensaje, el pontífice destacó que la alegría cristiana «no es artificial», sino profunda y real. La describió como una alegría presente en los rostros de quienes encontramos, en el trabajo, las sonrisas, las lágrimas, los apretones de manos y los gestos cotidianos de bondad.
«Y es un don de Dios, para la salvación del mundo», afirmó.
Finalmente, León XIV encomendó a los fieles a María, Madre del Señor, y pidió que los ayude a crecer en esa alegría y a anunciarla «siempre y en todas partes», incluso en los lugares donde no sea comprendida, con generosidad, valentía y fe.

