León XIV destacó a los consagrados como “fermento de paz” en contextos de violencia


En la misa por la XXX Jornada Mundial de la Vida Consagrada, celebrada en la basílica de San Pedro, el papa León XIV rindió homenaje a los religiosos y religiosas que permanecen en zonas de conflicto, a quienes definió como “baluartes del Evangelio” y testigos de paz y reconciliación en medio de la violencia.

La celebración, que coincidió con la fiesta litúrgica de la Presentación del Señor y comenzó con el rito de la bendición de las velas, reunió a miles de consagrados y consagradas de distintas partes del mundo.

Durante su homilía, el Pontífice agradeció a quienes, “con la fuerza de la gracia”, asumen iniciativas arriesgadas y se convierten en “presencia orante en ambientes hostiles e indiferentes”, ofreciendo cercanía y apoyo en contextos de degradación, abandono, guerra y odio.

León XIV dirigió un saludo especial a las comunidades que “ni se van ni huyen”, sino que permanecen junto a los pueblos, incluso allí donde prevalecen la violencia, el interés propio y la arrogancia. “Son prueba de ello los numerosos bastiones del Evangelio que muchas de vuestras comunidades conservan en los contextos más variados y desafiantes”, afirmó.

El Papa subrayó que la presencia de estos religiosos, a menudo “despojados de todo”, constituye un llamado elocuente a la “inviolable sacralidad de la vida”, más fuerte —dijo— que cualquier discurso.

Al evocar el pasaje evangélico de Jesús presentado en el Templo, León XIV lo propuso como un “icono de la misión” de quienes eligen la vida consagrada, y recordó que la Iglesia les pide ser profetas, mensajeros de la presencia del Señor y preparadores de su camino.

Asimismo, aludió al testimonio de los fundadores de las órdenes religiosas, marcados por una tensión constante entre la contemplación y la acción, desde el silencio de los claustros hasta la dureza de las periferias y la miseria de las calles.

El Pontífice advirtió también sobre el riesgo de una sociedad en la que, bajo una concepción reductiva de la persona, la fe y la vida tienden a separarse. Frente a ello, exhortó a los consagrados a dar testimonio de que cada persona —jóvenes, ancianos, pobres, enfermos y prisioneros— es un “santuario inviolable”.

Citando a su predecesor Francisco, reiteró que la profecía es la nota característica de la vida consagrada, e invitó a los presentes a ser “fermento de paz y signo de esperanza”, mostrando al mundo caminos de fraternidad y reconciliación.

La reflexión papal incluyó también las figuras bíblicas de Simeón y Ana, como símbolos de una espera fiel, para destacar que la vida religiosa enseña la inseparabilidad entre el compromiso con la realidad terrena y la esperanza en los bienes eternos.

Al concluir, León XIV agradeció a los consagrados y consagradas por su presencia en la Iglesia y los animó a continuar su misión allí donde la Providencia los envíe, como signos de esperanza para el mundo.

La Jornada Mundial de la Vida Consagrada había sido precedida por una carta del Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, que definió la misión de estos hombres y mujeres como una auténtica “profecía de presencia”.