Ante la creciente presencia de estos insectos que generan preocupación y molestias al aire libre, consultamos a un experto para entender el fenómeno. Desde su ciclo de vida en el agua corriente hasta la verdad sobre las enfermedades que transmiten. Escuchá los audios completos en esta nota.
En las últimas semanas, las actividades al aire libre se han visto complicadas por la aparición de nubes de insectos pequeños y mordedores. Si bien en algunas zonas se los confunde con mosquitos comunes, se trata de una familia particular que tiene en vilo a gran parte del territorio, desde Misiones hasta Buenos Aires.
Para arrojar luz sobre este fenómeno, dialogamos con el Doctor en Ciencias Naturales Arnaldo Maciá , docente de la Maestría de Enfermedades Tropicales Transmisibles de la Universidad Católica de las Misiones. A lo largo de esta nota, podrás escuchar los audios exclusivos con la explicación en detalle de la biología de estos insectos.
¿Qué es exactamente el barigüí?
Lo primero que debemos entender es a qué nos enfrentamos. No son mosquitos tradicionales. Según explica el experto, estos insectos se conocen vulgarmente con diversos nombres según la región: «barigüís, o paquitas en otras zonas del país, o jejenes o moscas negras».
Científicamente, pertenecen a la familia de los simúlidos. Una característica clave para identificarlos es su anatomía: «pertenece a los dípteros, que son aquellos insectos con solo un par de alas que utilizan para volar», a diferencia de la mayoría de los insectos que poseen cuatro.
El agua y el clima: el motor de la invasión
Muchos se preguntan por qué hay tantos ahora. La respuesta está en los cursos de agua y las lluvias recientes. A diferencia del mosquito del dengue que se cría en agua estancada, el barigüí necesita agua en movimiento.
El Dr. Maciá detalla que las hembras ponen los huevos en «ríos o arroyos, pero lo indispensable es que esa agua tenga movimiento, que sea agua corriente». Esto se debe a que las larvas poseen unas estructuras llamadas «abanicos labrales» que funcionan como filtros para captar microorganismos arrastrados por la corriente.
Por ende, el clima juega un rol fundamental. «Cuando hay lluvias intensas, el caudal de los ríos y arroyos aumenta y eso favorece la reproducción de los simúlidos y la proliferación de estos insectos».
La principal queja de los vecinos es el dolor y la reacción que provoca la picadura, que a menudo deja un punto rojo sangrante. Esto se debe a la forma en que se alimentan.
«Utiliza un aparato bucal que está formado por pequeños estiletes, como si fueran navajas, que laceran la piel», explica el profesional. A diferencia de un mosquito que «pincha», el barigüí corta. Al hacerlo, «se forma una pequeña gota de agua… o incluso puede llegar a salir un poquito hacia la superficie» y de esa sangre acumulada es de donde la hembra se alimenta.
Además, una vez que pican, inyectan su saliva que contiene anticoagulantes y anestésicos, lo que provoca «una irritación y un dolor local».
¿Transmiten enfermedades?
Esta es una de las mayores preocupaciones sanitarias. El especialista aclara que, si bien en África estos insectos transmiten enfermedades graves como la ceguera de los ríos, la situación en Argentina es diferente y lleva tranquilidad a la población:
«No es muy patogénico, no tiene una enfermedad… letal ni tampoco de síntomas que sean muy perjudiciales para el hombre».
Solo menciona una excepción en el noroeste argentino, la «Mansonellosis», producida por una filaria, pero aclara que «no es muy patogénico».
Estrategias de defensa
Evitar las picaduras de estos insectos, que son «muy buenos voladores», es difícil pero no imposible. El experto recomienda el uso de repelentes comerciales (como el DEET), aunque advierte que su efectividad es menor que con los mosquitos comunes.
Una táctica clave es la vestimenta: «ropa de colores claros, manga larga, pantalones largos», ya que el objetivo es ofrecer la «menor cantidad de superficie de la piel expuesta».
Para quienes usan protección solar, el orden de los factores altera el producto: el protector solar «debe ir en contacto con la piel y sobre el protector solar se puede poner el repelente».
La mordedura del barigüí deja una marca distintiva y dolorosa. Según explica el experto, tras la picadura queda «una pequeña ronchita que arde y es bastante dolorosa y muy molesta».
La reacción natural es rascarse, pero el profesional es tajante: «lo peor que uno puede hacer es rascarse». Al hacerlo, podemos infectar la herida generada por el pequeño orificio que hizo el insecto. La recomendación médica básica es simple: «lavarse la zona afectada con agua y jabón para impedir todo tipo de potencial infección de bacterias». Si la reacción es mayor, siempre se debe consultar a un médico.
Para entender cómo protegernos, el especialista comparte una anécdota casera sobre sus dos perros en la zona de La Plata. «Lila, que tiene pelo largo, prácticamente no la molestan… pero a Chucho, que es un perrito de pelo corto, siempre tiene una pequeña nubecita… dándole vuelta».
Esto nos enseña que la barrera física es fundamental. Al igual que el pelo largo protege al animal, nosotros debemos usar «ropa suelta». Esto genera una distancia entre la tela y la piel que impide que el aparato bucal del insecto llegue a nosotros. Respecto a los repelentes, el experto sugiere que «es más eficiente que ponerse primero el repelente sobre la piel y arriba la ropa» aplicar el producto sobre las prendas.
Un mapa federal
Lejos de ser un problema exclusivo de nuestra región, el experto aclara que los simúlidos tienen «su distribución en todo el territorio argentino», demostrando una gran capacidad de adaptación tanto en zonas de temperaturas «muy frías» como en el calor subtropical de Misiones.
En el país se han identificado unas «70 especies de simúlidos». Paradójicamente, la mayor diversidad biológica no se encuentra en la selva, sino en la Patagonia: «La zona donde hay más cantidad de especies es… el sur del país hacia la zona de la cordillera». Esto se debe a que muchas variedades prefieren los ríos de montaña de «aguas cristalinas».
Sin embargo, la provincia de Misiones presenta un escenario complejo con «aproximadamente unas 20 especies» conviviendo en sus cursos de agua. Entre esta variedad, la bibliografía científica apunta a dos responsables principales de las molestias actuales: Simulium paraguayensis y Simulium pertinax. Si bien no son exclusivas de la provincia, se destacan por su antropofilia, es decir, su marcada «preferencia por el ser humano» a la hora de alimentarse.
El desafío del control: ¿por qué no fumigar?
Muchos vecinos exigen fumigaciones masivas, pero el experto advierte que el control de esta plaga «no se puede hacer en forma individual… se tiene que hacer en forma coordinada, organizada y por organismos estatales o privados».
El uso de químicos tradicionales está desaconsejado. Se trata de «evitar los insecticidas y plaguicidas químicos porque contaminan el ambiente, no son específicos y ponen en peligro al resto de la fauna». Además, generan resistencia en los insectos.
La estrategia más aceptada mundialmente es el uso de una toxina biológica llamada BTI (Bacillus thuringiensis var. israelensis). Esta bacteria produce una toxina que «mata a los dípteros que tienen larvas acuáticas». El insecticida debe colocarse en «cierta concentración que depende de la temperatura y sobre todo del caudal del agua».
En definitiva, la convivencia con el barigüí exige un cambio de mentalidad tanto en la prevención doméstica como en las políticas sanitarias. Mientras que a nivel individual la clave reside en la barrera física —priorizando la ropa de manga larga y colores claros por sobre los repelentes— y en evitar el rascado para prevenir infecciones, la sociedad debe comprender que la fumigación tradicional no es la respuesta. El uso de insecticidas químicos masivos, además de ser ineficaz contra las larvas acuáticas, representa un riesgo innecesario para el equilibrio ambiental y la fauna autóctona.
La solución a largo plazo radica, por tanto, en la intervención profesional y el respaldo a la ciencia. El control de esta plaga depende exclusivamente de acciones coordinadas por organismos estatales o privados mediante el uso de larvicidas biológicos específicos (BTI) aplicados en los cursos de agua. Como destaca el especialista, solo a través del financiamiento de estudios científicos que permitan conocer la biología local de estas especies se podrán ejecutar planes de control exitosos que alivien a la población sin dañar el ecosistema.
Sobre el especialista consultado
Arnaldo Maciá es egresado de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), donde también se desempeña como docente en la Facultad de Ciencias Naturales y Museo. Su trayectoria profesional incluye su rol como Profesional de Apoyo de la Comisión de Investigaciones Científicas de la provincia de Buenos Aires. Además, aporta su experiencia académica en nuestra región como docente de la Maestría de Enfermedades Tropicales Transmisibles en la Universidad Católica de las Misiones (UCAMI).
Sobre la Maestría en Enfermedades Tropicales Transmisibles (METT)
La METT tiene como propósito formar profesionales capaces de comprender, investigar y abordar las Enfermedades Tropicales Transmisibles (ETT) desde una perspectiva interdisciplinaria, promoviendo la generación de conocimientos y el desarrollo de estrategias de prevención y control adaptadas al contexto del Nordeste Argentino.



