Durante estos días, nuevamente y lamentablemente, el suicidio toma relevancia. Por ello, desde Radio Tupambaé queremos compartir esta guía sobre el tema. No es nuestra sino que ha sido elaborada por la Fundación La Nación pero nos parece razonable compartirla. Estará dividida en 3 partes. Hoy compartimos la primera parte.
Hablar de suicidio, especialmente cuando se trata de niños, niñas y adolescentes, implica abrir la puerta a una conversación díficil, pero también indispensable. Visibilizar esta realidad es, según los profesionales, el primer paso para la prevención. El suicidio es el segundo motivo de muerte por causas externas (después de los accidentes, como los de tránsito y las lesiones no intencionales) entre los adolescentes y jóvenes de entre 15 y 29 años de la Argentina.
En 2023, hubo 4197 suicidios y prácticamente la mitad se dieron en jóvenes de entre 15 y 34 años. Cuando se pone el foco en los niños, niñas y adolescentes de hasta 19 años, las estadísticas marcan que en la Argentina hay un suicidio cada 20 horas, según los últimos datos oficiales. En los consultorios se palpita a diario: los casos de chicos con ideación suicida, autolesiones, ansiedad y depresión se dispararon en los últimos años. Es un fenómeno en el que intervienen muchos factores, entre los cuales los especialistas subrayan el rol de las redes sociales y el tiempo que los chicos pasan frente a las pantallas, expuestos a todo tipo de contenidos. “Recién ahora estamos viendo los estragos a nivel del desarrollo cognitivo, de las habilidad atencionales, de la capacidad de regularse y de las habilidades sociales”, advierte Gisela Rotblat, jefa de Psiquiatría e Interdisciplina del Servicio de Salud Mental Pediátrica del Hospital Italiano.
Esta guía elaborada por Fundación LA NACION junto a reconocidos especialistas en suicidología, psiquiatras y psicólogos infantojuveniles busca dar respuesta a las preguntas más frecuentes sobre esta problemática. Es un primer paso para abordar, como comunidad, una problemática social que nos atraviesa.
¿Desde qué edad un niño puede tener pensamientos suicidas?
Psiquiatras y psicólogos observan con preocupación una baja en la edad de las niñas y los niños con ideación e intentos de suicidio. Es una tendencia que se agudizó después de la pandemia y se mantiene. Sostienen que la motivación que lleva a pensar o intentar un suicidio en el caso de las chicas y los chicos no siempre es la muerte, sino que se trata de una forma de buscar alivio a un sufrimiento psíquico que no está pudiendo ser canalizado de otra forma.
“Tenemos casos de niños pequeños, que antes eran excepcionales. Chicos de 7 u 8 años, incluso de 6, que vienen con pensamientos suicidas. No solo con la idea de no querer vivir más y todos los síntomas que acompañan ese pensamiento, sino también con un plan suicida”, advierte Silvia Ongini, psiquiatra infantojuvenil del departamento de Pediatría del Hospital de Clínicas.
La médica explica que antes de los 5 años, “las niñas y los niños no tienen conciencia de la muerte como desaparición total o infinita”. A medida que crecen, eso cambia, y desde los 8 o 9 “van a entender la muerte como una pérdida para siempre, como fin de la vida”.
¿Cuándo los chicos pueden comenzar a pensar en el suicidio como una alternativa para terminar con su sufrimiento? “Lamentablemente, empezamos a escucharlo a partir de los 6 años. Muchas veces se manifiesta con frases como ‘me quiero ir a las estrellas y estar en un lugar de paz como el abuelo, que ya no sufre y está feliz’. Suelen ser cosas que los adultos dicen para que los niños pequeños puedan tramitar el sufrimiento y darle un sentido a la muerte de un ser querido, pero ellos lo toman literal. Frecuentemente escuchás que, frente a un estado de estrés importante, no es que quieren morirse, sino que desean ir a ‘ese lugar de paz’”, subraya Ongini.

¿Por qué los adolescentes son el grupo más vulnerable?
La adolescencia es una de las etapas más sensibles del desarrollo humano. “Hay dos períodos clave en los que ocurren grandes transformaciones en el cerebro: la primera infancia y la adolescencia. Esta última es un momento de muchos cambios, tanto físicos, emocionales y sociales como cerebrales. Se modifican las conexiones neuronales y los chicos son más susceptibles a verse afectados por factores del entorno”, asegura Eliana Papávero psiquiatra infantojuvenil del Hospital General de Niños Pedro de Elizalde y del Equipo de Terapia Dialéctica Conductual (DBT) para Adolescentes de la Fundación Foro para la Salud Mental.
Este fenómeno se acentúa especialmente en áreas como la corteza prefrontal, que funciona como una “directora de orquesta”, ya que es la región del cerebro encargada de funciones como la toma de decisiones, la regulación emocional y el control de los impulsos. “Esto ayuda a entender por qué en esta etapa se observan con mayor frecuencia conductas y pensamientos suicidas. Además, es en este período donde comienzan el 75 % de todas las problemáticas de salud mental”, agrega Papávero.
En ese contexto, las nuevas tecnologías son determinantes. La distancia que existe entre los estímulos e información que reciben los adolescentes, por ejemplo a través de las redes sociales, y su posibilidad de procesarlos puede resultar nociva.
Gisela Rotblat, jefa de Psiquiatría e Interdisciplina del Servicio de Salud Mental Pediátrica del Hospital Italiano, reflexiona: “Antes, la infancia y la adolescencia estaban muy centradas en lo que es el juego y la adquisición de aprendizajes en el mundo real. Con la irrupción de los smartphones y las pantallas, eso empezó a cambiar. Además se empezó a proteger más a los niños de salir a la calle, pero se generó una desprotección total en los entornos digitales. Cuando los chicos están forjando su personalidad, se ven expuestos a un mundo que no está regulado adecuadamente y recién ahora estamos viendo los estragos a nivel del desarrollo cognitivo, de las habilidad atencionales, de la capacidad de regularse y de las habilidades sociales”.
¿Cómo puedo identificar si alguien tiene ideas suicidas?
Conocer las señales de alerta para identificar cuándo alguien puede llegar a tener pensamientos suicidas, es fundamental. Sin embargo, los especialistas subrayan que no todas las personas que se quitan la vida dan previamente signos. “La realidad es que a veces nos muestran una actitud de que está todo bien, nos sonríen, nos dicen que no les pasa nada. Ahí tenemos que prestar atención, buscar más en profundidad y acompañar a esa persona a consultar con un profesional”, señala Nora Fontana, psicóloga especializada en tanatología y suicidología y vicepresidenta del Centro de Asistencia al Suicida Buenos Aires (CAS).
Cuando hay señales, pueden ser muy variadas. “Lo principal a observar son cambios bruscos en la conducta o el ánimo. En el caso de los chicos, van más allá de los propios de estar entrando en la adolescencia. Hablamos de algo intenso y persistente en el tiempo”, destaca Eliana Papávero, psiquiatra infantojuvenil del Hospital Elizalde.
Algunos de los signos a los que debemos ponerle atención son:●Aislamiento, como por ejemplo, alejarse de familiares o amigos.
●Irritabilidad, cambios bruscos de comportamiento y altibajos emocionales. “El verlos menos expresivos emocionalmente, más apáticos y menos motivados por las cosas que antes mostraban interés son algunas señales, así como la irritabilidad y la tristeza persistente”, enumera Papávero.
●Sueño constante o insomnio. “Puede aparecer el sueño invertido (duermen más de día que de noche) o pasar días enteros sin dormir. También cambios en el apetito o en su rendimiento en la escuela”, agrega Papávero.
●Ansiedad, depresión, baja autoestima y conductas autodestructivas.
●Sentirse atrapado o “ser una carga”.
●Desesperanza o no poder proyectar un futuro favorecedor. Esto, particularmente en los jóvenes, puede expresarse en sus redes sociales.
●Llanto inconsolable.
●Descuido o abandono de la apariencia física.
●Aburrimiento permanente. Dificultad para concentrarse, falta de motivación, baja en el rendimiento escolar y el que “nada le resulta interesante”.
●Quejas por dolores físicos frecuentes, como de panza o cabeza.
●Pérdida de interés en actividades que antes le resultaban placenteras. “Cuando deja de querer practicar un deporte que hacía, no quiere ir a cumpleaños ni reunirse con amigos o compartir momentos familiares, y a su vez pasa más tiempo aislado o encerrado, puede ser una señal de alerta”, advierte Papávero.
●Comentarios como “ya no voy a ser un problema por mucho más tiempo”, “sin mi van a estar mejor”, “nada me importa” o “me gustaría no haber nacido”. Es decir, hablar constantemente de la muerte o tener un discurso de pérdida de sentido.
●También puede haber fantasías suicidas, algunas veces expresadas en forma metafórica como “me quiero ir de viaje y no volver más” y en otros casos expresadas claramente como confesión de las ideas suicidas.
●Conductas de riesgo como incremento de consumo de alcohol o drogas.
●Negarse a hablar de problemas que antes eran importantes para esa persona, minimizándolos con frases como “no te preocupes” o “ya no importa”. Desde el CAS también indican que una calma repentina después de un período de angustia profunda, puede ser una alerta.
●Identificarse con un familiar que murió a causa de suicidio con frases como “ahora lo entiendo” o “estoy igual que él”. O refiriéndose a esa persona en relación a algo en común, como decir “él también estaba deprimido”.
●El llanto, el silencio o bajar la cabeza cuando se le pregunta directamente por sus ideas suicidas.
●Arreglar asuntos como encargar a otros el cuidado de una mascota o regalar objetos con valor sentimental.
¿Cómo ayudar a alguien con esos pensamientos?
Lo primero que necesita una persona con pensamientos suicidas es sentir que no está solo y que a alguien más le preocupa lo que le está pasando, subrayan desde el Centro de Asistencia al Suicida Buenos Aires (CAS). Por eso, los especialistas sugieren:
●Siempre buscar ayuda profesional: la ideación suicida implica un proceso de mucho peligro, que no siempre puede ser identificado por familiares o amigos, sino por profesionales. Por eso, cuando vemos una situación que nos parece rara o nos llama la atención, no tenemos que dudar en buscar ayuda. “También pueden llamarnos a nosotros para que les demos una orientación calificada a través de voluntarios preparados para hacerlo, hasta que el médico o profesional pueda ver a la persona”, detalla Nora Fontana, vicepresidenta del CAS, que brinda una respuesta gratuita, anónima e inmediata. Es una primera ayuda ante una situación de emergencia que no reemplaza el recurrir a un profesional.
●Hablar abiertamente de la problemática: “¿Alguna vez pensaste en quitarte la vida?” es una pregunta que no debemos esquivar hacer cuando lo consideramos necesario. Preguntar sobre la existencia de ideas suicidas no incrementa el riesgo: al contrario, puede ser la única oportunidad de iniciar acciones preventivas. Hablar sobre lo que le está sucediendo a la persona puede contribuir a reducir la tensión psíquica que supone la ideación de muerte y a que sienta que no está sola y que su dolor no nos resulta indiferente.
●Tener una escucha activa: mostrarnos receptivos y empáticos es fundamental para quien atraviesa una crisis profunda. La escucha es indispensable y en muchos casos las líneas telefónicas de atención se vuelven herramientas importantes para acompañar en momentos de desesperación, no solo a las personas en riesgo, sino también a familiares o amigos.
●Entender que no podemos dar soluciones mágicas, pero sí ayudar a buscar respuestas: el suicidio es multicausal y lo que hay detrás, en todos los casos, es una sensación de dolor existencial profundo que se percibe como interminable. “Creemos que la persona que piensa en el suicidio no quiere acabar con su vida, sino acabar con el dolor”, reflexiona Marcos Vanzini, referente de la asociación civil Escenarios Saludables. Por eso, considera clave que uno pueda “acercarse de alguna manera, prendiendo luces en esa oscuridad, haciendo notar que ese dolor se ve y que hay esperanzas, o que si bien uno no tiene una respuesta, se compromete a estar al lado de la persona para buscarla”.
●No dejar sola a la persona: hasta que pueda recibir ayuda profesional, no debemos separarnos de quien está en riesgo. Es clave que familiares y amigos puedan establecer “turnos” en caso de que alguien no pueda acompañarla de forma constante hasta ver al especialista.
●Mostrarnos empáticos: evitar juzgar, criticar, contradecir o minimizar los problemas o sentimientos de quien tiene ideas suicidas. El objetivo es ayudar a que la persona encuentre otras soluciones, a que logre visualizar que hay otros caminos posibles.
●No esperar a que el dolor sea intenso para intervenir: estar atentos al dolor del otro y no esperar a que la persona esté en riesgo de vida para intervenir. Vanzini subraya la importancia de la comunidad: “Entre medio de la persona que está en riesgo suicida y un profesional de la salud que lo pueda acompañar en un proceso más hondo, está la comunidad, que es la primera que puede darse cuenta de que está en ese riesgo, prestar una ayuda, estar presente y romper el aislamiento que muchas veces encierra a la persona con riesgo suicida”.
●Agudizar la desconfianza: cuando alguien nos dice “está todo bien” a pesar de lo que nosotros estemos percibiendo, es fundamental interpelarlo. Poder decirle a la persona “no te creo que no te pasa nada, no te veo bien”, para poder ahondar en sus sentimientos y no quedarse solo con lo superficial.
●Si no sabemos qué decir, admitirlo: frases como “mirá, no sé qué decirte, pero vamos a acompañarte, a tratar de ayudarte para que puedas encontrar una solución y un poco de luz en este túnel oscuro” son, para Vanzini, una forma de estar presente y no ir “con soluciones armadas o consejos”.

