Cada 4 de agosto, la Iglesia celebra a San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, y nosotros, los sacerdotes, alzamos la mirada al modelo santo que él nos ofrece. Recordamos con gratitud sus palabras encendidas de amor: “El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús. Si comprendiésemos bien lo que es el sacerdote, moriríamos, no de pavor, sino de amor”. Al meditar esta frase, nuestros corazones se conmueven: en verdad, el ministerio que hemos recibido es fruto del amor del Corazón de Cristo, un don inmerecido y sublime.
San Juan María Vianney nos recuerda que no somos nosotros quienes tenemos la iniciativa en la salvación de las almas, sino Dios: “No es el pecador el que vuelve a Dios para pedirle perdón, sino Dios mismo quien va tras el pecador y lo hace volver a Él… Este buen Salvador está tan lleno de amor que nos busca por todas partes”. ¡Cuánta esperanza nos da saber que Cristo, el Buen Pastor, sale en búsqueda de cada oveja extraviada y sostiene nuestra misión pastoral con su gracia!
No es una función. No es una tarea más. Es una entrega que nace del Corazón traspasado de Cristo, y que solo puede sostenerse si vivimos unidos a Él. No somos dueños del ministerio, ni protagonistas de la gracia. Solo somos servidores.
Jesús nos eligió sabiendo lo que somos. No esperó perfección. Esperó disponibilidad. Y sigue esperándola hoy: en el altar, en la catequesis, en la visita al enfermo, en las horas silenciosas del despacho o del confesionario. Nos llama a ser peregrinos con otros peregrinos, y a veces a cargar sobre los hombros a los más débiles. Pero no solos. Nunca solos.
Desde esta contemplación brota también nuestra plegaria. Los santos pastores nos enseñan que la oración humilde y confiada es la fuente de la fuerza del sacerdote. San Juan Damasceno, cuya memoria celebramos el 4 de diciembre, dejó una hermosa oración al asumir el servicio pastoral, que bien podemos hacer nuestra. Él clama a Dios con sincera humildad: “Señor, aligera la pesada carga de mis pecados… purifica mi mente y mi corazón. Sé para mí como una lámpara encendida que me guíe por el camino recto”.
Reconoce que la misión supera las fuerzas humanas y suplica la guía divina: “Apaciéntame, Señor, y haz tú de pastor junto conmigo, para que mi corazón no se desvíe a derecha o izquierda, sino que tu Espíritu bueno me guíe por el camino recto… hasta el último momento”. Esta súplica de San Juan Damasceno nos invita a dejar que Jesús sea el Pastor principal en nuestra vida y ministerio. Dios camina con nosotros, bendice cada esfuerzo y enjuga cada lágrima derramada por amor a su pueblo.
Escuchamos también la exhortación que resuena en la Iglesia de hoy: se nos urge a ser pastores con “olor a oveja”, cercanos al pueblo, siervos humildes de la misericordia y la unidad. Siguiendo el ejemplo del Cura de Ars –que hacía de su parroquia un “gran hospital de las almas” mediante la confesión y la adoración eucarística– renovemos nuestro celo apostólico.
Somos llamados a vivir en santidad y servicio, entregándonos sin reservas, sostenidos por la gracia. De la mano de María Santísima, Madre de los sacerdotes, renovemos nuestro “sí” generoso cada día, sabiendo que el mundo necesita testigos del Amor divino.
La Iglesia nos recuerda, especialmente en este tiempo de Jubileo, que estamos llamados a ser “peregrinos de esperanza”. En palabras del Papa León XIV: “El mundo necesita mensajes de esperanza; ustedes son este mensaje… Caminemos juntos con nuestra fe en Jesucristo… y nuestro grito debe ser también por la paz en el mundo”. Que seamos, pues, portadores de esperanza y artesanos de paz, confiados siempre en que la gracia de Dios nos sostiene.
Con afecto, P. Leandro Kuchak