Entre la fe y el poder, la historia muestra que incluso los líderes más fuertes encuentran un límite cuando se enfrentan a una autoridad moral que no controlan. Aunque algunos se presentan como elegidos o excepcionales, esa tensión deja al descubierto hasta dónde puede llegar el poder político. – Editorial de Jorge Fontevecchia – Perfil
«En un día señalado, Herodes Agripa I, vestido de ropas reales, se sentó en el tribunal y les arengó. Y el pueblo aclamaba: ‘¡Voz de Dios, y no de hombre!’” (Hechos 12:21–23) En este versículo del Nuevo Testamento se muestra al rey Herodes que se cree un Dios y así es aclamado por sus seguidores. Herodes gobernaba Judea aliado al Imperio Romano, él se había encargado de perseguir a los primeros cristianos, incluso mandó a encarcelar a Pedro. En aquel momento en que se postuló como Dios, fue herido por un ángel y murió.
Según el historiador judío, Flavio Josefo, Herodes falleció tras una enfermedad repentina. En ambos relatos, su final expone el límite brutal del poder humano. Haría bien Trump en volver sobre este y otros versículos, porque ayer, el presidente norteamericano, luego de acusar al Papa de ser de izquierda y criticarlo por sus palabras de paz y sus esfuerzos para que se detenga la guerra, compartió una imagen en la que justamente se compara con Jesucristo y se postula como un ser divino, más que un mesías. A un año del fallecimiento de Francisco, seguramente debe estar contento por los esfuerzos de León, su sucesor, por traer la paz y continuar su ardua tarea.
La imagen —un montaje donde aparece como figura sanadora— fue leída por sectores evangélicos y católicos como blasfema. Referentes conservadores como Megan Basham, Michael Knowles e Isabel Brown la cuestionaron públicamente, señalando que cruzaba un límite simbólico central del cristianismo. Incluso figuras afines como Riley Gaines o comentaristas del ecosistema MAGA pidieron explicaciones y hablaron de “irreverencia”.
El malestar se agravó porque ocurrió inmediatamente después de sus ataques al León XIV, a quien Trump calificó como “débil” y “terrible” en política exterior. Para muchos creyentes conservadores, esa combinación —autofigurarse como Cristo y confrontar al Papa— rompía una jerarquía básica: la de lo sagrado por encima del poder político. Incluso voces cercanas, como Candace Owens, criticaron la defensa automática del episodio y denunciaron el clima de culto personal alrededor del líder.
El resultado fue una escena poco habitual: parte del trumpismo religioso recordándole a su propio referente un principio bíblico elemental —que nadie, por poderoso que sea, puede ocupar el lugar de Dios.
El Papa contestó que él seguirá pidiendo por la paz y reclamando a todos los presidentes involucrados, no solo a Trump. Además, León XIV agregó que no le teme al mandatario, que luego compartió esta imagen y quedó en ridículo. Realmente es una bocanada de aire fresco, que una voz se exprese con fuerza con valores que no son los imperantes, pero que son a todas luces los correctos. Es mejor trabajar por la voz que por la guerra y nadie puede creerse Dios, nadie puede creerse que tiene una condición sobrehumana. Los tiempos delirantes en los que vivimos hacen creer a veces que personajes como Trump representan el sentido común y no es así.
Durante siglos, la Iglesia funcionó —no siempre, pero sí en momentos clave— como un límite al poder político: al afirmar que la autoridad última era Dios, ningún rey podía declararse absoluto sin chocar con esa idea.
Un caso clásico es Gregorio VII frente al emperador Enrique IV. En la Querella de las Investiduras (siglo XI), el Papa lo excomulgó por querer nombrar obispos. Enrique terminó yendo a Canossa, descalzo en la nieve, a pedir perdón. La escena es teatral, pero el mensaje es político: el poder terrenal puede ser humillado por una autoridad superior.
Otro episodio es el de Ambrosio de Milán frente al emperador Teodosio I. Tras la masacre de Tesalónica (390), Ambrosio le prohibió entrar a la iglesia hasta que hiciera penitencia pública. Teodosio, uno de los hombres más poderosos del mundo, tuvo que someterse. Ahí se fija una idea fuerte: el emperador está bajo juicio moral.
En Inglaterra, Thomas Becket chocó con Enrique II de Inglaterra por la autonomía de la Iglesia. Becket defendía que el rey no podía controlar completamente al clero. Terminó asesinado, pero su muerte debilitó la pretensión de poder total del monarca y lo convirtió en símbolo de resistencia. Más adelante, ya en clave teológica, Tomás de Aquino elaboró una idea decisiva: el poder político es legítimo solo si respeta la ley natural, que proviene de Dios. No es un límite institucional directo, pero sí un marco intelectual: si el gobernante viola esa ley, pierde legitimidad.
En América, siglos después, figuras como el arzobispo Óscar Romero retomaron esa tradición. Romero denunció públicamente a la dictadura salvadoreña en nombre de un orden moral superior. También fue asesinado. Otra vez: el límite no siempre triunfa, pero incomoda.
El papel de Juan Pablo II frente a la Cortina de Hierro y la Unión Soviética fue menos militar que simbólico, pero no por eso menos decisivo. Karol Wojtyła no era un Papa cualquiera: venía de Polonia, un país bajo control soviético. Su elección en 1978 fue un shock cultural: por primera vez, alguien del bloque comunista llegaba al centro del poder religioso occidental. Y desde el inicio planteó una idea peligrosa para el sistema soviético: que el Estado no podía absorberlo todo, que existía una dimensión espiritual irreductible.
Su visita a Polonia en 1979 fue clave. Millones de personas salieron a verlo y escucharon un mensaje simple pero corrosivo: “No tengan miedo”. No era una consigna política explícita, pero funcionó como tal. Al poner a Dios —y a la dignidad humana— por encima del Estado, debilitó el monopolio ideológico del comunismo.
Ese clima alimentó el surgimiento de Solidaridad, liderado por Lech Wałęsa. El Papa no dirigía el movimiento, pero lo legitimaba moralmente y lo protegía en la escena internacional. La Iglesia se volvió un espacio de refugio y organización en un sistema que no toleraba oposiciones.
En términos más amplios, Juan Pablo II actuó como un “deslegitimador” del orden soviético: no lo atacó con armas, sino cuestionando su pretensión de control total sobre la vida humana. Esa fisura simbólica se fue ampliando en los años 80, en paralelo a la crisis económica y política del bloque.
Cuando finalmente cayó el sistema entre 1989 y 1991, con el derrumbe del Muro de Berlín y el fin de la URSS, muchos analistas —desde políticos hasta historiadores— señalaron que la presión moral y cultural ejercida por el Papa había sido un factor clave. No el único, claro, pero sí uno que el régimen no supo cómo neutralizar.
Otra vez aparece la lógica que veníamos marcando: al situar algo por encima del poder político —en este caso, Dios y la dignidad humana—, Juan Pablo II ayudó a erosionar un sistema que se pretendía total.
En todos estos casos hay un mismo núcleo: la idea de que el poder humano no es absoluto porque existe un plano superior que lo juzga. A veces eso frenó a los gobernantes; otras, simples demostraciones de resistencia. Pero introdujo algo decisivo en la historia política de Occidente: que incluso el más poderoso puede ser interpelado —y obligado a arrodillarse— ante algo que no controla.
El actual Papa, era cercano a Francisco, quien también había tenido sus cruces con Trump. “Alguien que se esfuerza por construir muros en vez de construir puentes, no es cristiano”, la profundidad y la simpleza de las definiciones de Francisco sigue dando mucho para pensar.
“Por cuanto se enalteció tu corazón, y dijiste: ‘Yo soy un dios, en el trono de Dios estoy sentado en medio de los mares’; siendo tú hombre y no Dios”, (Ezequiel 28:1–3), otro versículo en el que se le pone límites a la soberbia humana, en este caso a la del rey de Tiro, quien al igual que Herodes terminó de la peor manera.
Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi

