Nota de Opinión de Marcelo Longobardi
Hay un dato que pasó casi desapercibido en medio del ruido de la política y las discusiones sobre el tipo de cambio y los salarios, pero que a mí me parece verdaderamente dramático. Tiene que ver con la medición de la pobreza en la Argentina durante el mes de junio.
Se suponía, según los pronósticos más optimistas, que la canasta básica iba a acompañar la tendencia a la baja. Pero no. En lugar de bajar, subió un 2,2% en vez del 1,9% proyectado. Y esto, que parece una discusión de décimas para los economistas, en la vida real tiene una derivación directa, una tercera derivada letal sobre el bolsillo de los argentinos.
Hoy, para que una familia tipo de cuatro integrantes no caiga bajo la línea de la pobreza, necesita ingresar la friolera de $1.531.000.
Y acá es donde yo me quiero detener, porque me parece que nos estamos acostumbrando a que nos corran el arco todos los días. Yo les pregunto, con total honestidad: ¿una familia que gana un millón y medio de pesos en la Argentina actual es de clase media?
Estadísticamente, el INDEC o cualquier consultora nos pueden inventar la categoría que quieran. Nos pueden decir que si superás ese número por diez pesos ya sos parte de la pirámide del bienestar. Pero convengamos que, en términos reales, con un millón y medio de pesos —que a duras penas equivale a poco más de mil dólares mensuales— una familia argentina hoy no es de clase media. Es, lisa y llanamente, pobre.
El mito del millón y medio de pesos: ¿Quiénes somos realmente?
Los que somos un poco más grandes, los que conocimos la Argentina de hace unas décadas, recordamos perfectamente lo que significaba ser de clase media. No estábamos hablando de opulencia ni de grandes lujos, pero sí de un mínimo nivel de holgura. Significaba poder planificar, proyectar una vivienda, tener la tranquilidad de que a fin de mes sobraba un resto para el esparcimiento o el ahorro. Hoy, ese concepto ha sido completamente dinamitado.
La realidad es que el umbral para no caer en la indigencia —la pura supervivencia alimentaria— se ubicó en junio en $689.000.
Piensen un segundo en la enorme masa de argentinos que está atrapada en esa franja de arena movediza: entre los $900.000 y el $1.500.000 de ingresos familiares. Hay millones de personas ahí adentro. Gente que trabaja todos los días, que se levanta temprano, que empuja, pero que bajo ninguna circunstancia puede ser considerada integrante de una clase media que se achica a pasos agigantados.
Las estadísticas pueden maquillar la realidad, pero el bolsillo no miente. Y la clase media, tal como la conocimos, hoy corre el serio riesgo de convertirse en un lejano recuerdo de nostalgia.

