Este viernes 3 de abril se inicia en toda la Iglesia Católica la tradicional Novena a la Divina Misericordia, una práctica de profunda devoción que prepara a los fieles para la celebración del Segundo Domingo de Pascua, que este año tendrá lugar el próximo 12 de abril.
La festividad, conocida como Domingo de la Divina Misericordia, fue instituida para toda la Iglesia por San Juan Pablo II durante el Jubileo del año 2000. En aquella ocasión, el pontífice polaco estableció que el domingo siguiente a la Resurrección del Señor —último día de la Octava de Pascua— esté dedicado de manera especial a contemplar el misterio del amor misericordioso de Dios.
Ese mismo día, el Papa canonizó a Santa Faustina Kowalska (1905-1938), religiosa polaca reconocida como la gran apóstol de la Divina Misericordia. Su misión espiritual, basada en las revelaciones que recibió de Jesucristo, fue clave para difundir este mensaje en el mundo contemporáneo. Más tarde, el Papa Benedicto XVI la definiría como la “mensajera de Jesús misericordioso”.
La devoción a la Divina Misericordia encuentra su fundamento en el Evangelio, especialmente en el pasaje en el que Cristo resucitado se aparece a sus discípulos en el Cenáculo y les confía el don del perdón de los pecados: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. (…) Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados” (Jn 20, 21-23).
En este contexto pascual, la Iglesia invita a los fieles a redescubrir el valor de la misericordia como un don central de la fe cristiana. Tal como recordaba San Juan Pablo II, “la humanidad no encontrará paz hasta que se dirija con confianza a la misericordia divina”, retomando las palabras que Jesús dirigió a Santa Faustina según su Diario.
Entre los mensajes más difundidos de estas revelaciones se destaca la amplitud del amor de Dios hacia todos, especialmente hacia los pecadores: “Cuanto más grande es el pecador, tanto más grande es el derecho que tiene a mi misericordia” (Diario, 723). Asimismo, Jesús expresó su deseo de que esta fiesta sea “refugio y amparo para todas las almas, especialmente para los pobres pecadores” (Diario, 699).
Durante los próximos nueve días, los fieles están invitados a rezar esta novena como preparación espiritual para la fiesta, meditando en la misericordia de Dios y renovando su confianza en el perdón y la reconciliación, pilares fundamentales de la vida cristiana.

