Cerro Monje Fe y esperanza al pie de la cruz


Miles de feligreses acompañaron el Vía Crucis Viviente en San Javier y se conmovieron con la devoción que recrea la pasión, muerte y resurrección de Cristo.

El Cerro Monje, ubicado a unos siete kilómetros del casco céntrico de San Javier, fue nuevamente el epicentro de la fe y la reflexión el Viernes Santo, con la gran caravana que desde temprano hicieron los católicos camino a la elevación que tiene en la cima la cruz y la capilla.

Se persignaron los creyentes en cada una de las estaciones del Vía Crucis.

También, algunos acamparon desde el Jueves Santo para ser parte de la vigilia y tener también los lugares mejores para observar el Vía Crucis Viviente interpretado como cada año por el Grupo Juvenil Misionero (Grujumi) de la Parroquia San Francisco Javier.

Cerro Monje. Viernes Santo en Misiones
Jesús carga con la cruz y los fieles acompañaron el dolor. Fotos: Jorge Acosta

Ahí, junto a la cruz, con el Uruguay de fondo y arriba el cielo azul con jotes en vuelo y ninguna nube, el elenco interpretó el camino de Jesús hacia la cruz: su juzgamiento, la condena, los tormentos a mano de los romanos, el destino que tomaron sus discípulos…

Entre el público incluso lloraron algunos ante el drama del calvario de la crucifixión, las últimas palabras de Cristo al Padre, el dolor de María y; en el desenlace la alegría de la resurrección y la redención de la humanidad por el amor. El triunfo de la luz ante la oscuridad.

La capilla

En el interior de la capilla ante las imágenes de la Virgen, los santos y la talla del Señor de los Desiertos las personas ofrecieron sus oraciones y encendieron velas.

Entre los testimonios de los presentes resaltó la fe y la esperanza para transitar un tiempo difícil y el pedido por la protección de la salud, de las familias y el trabajo.

Cerro Monje. Viernes Santo en Misiones
Un rato de adoración y oración en la pequeña capilla. Foto: Jorge Acosta

Dora Silverio (68), de Colonia Guaraní, presenció la devoción teniendo en la mano la cruz de su rosario. Estar en el lugar no le resultó sencillo y precisó que fue posible con la ayuda de Dios y el acompañamiento de su familia.

“Para mí es un milagro que pueda estar en el cerro hoy, me trajeron mi hija y mi esposo. Siempre veníamos al cerro, como 20 años asistimos sin falta y después por mi salud no podía venir. Pero está vez pude y siento que Jesús nos escucha, la fe nos hace seguir adelante”, dijo.

Los preparativos

Antes de comenzar el Vía Crucis, los actores, resaltaron la emoción y la responsabilidad de ser parte del evento.

Para la jornada ensayaron por semanas y muchos ya tienen una trayectoria en esta representación, mientras que para otros fue su estreno.

Cerro Monje. Viernes Santo en Misiones
Con la satisfacción del deber cumplido, los protagonistas se unieron para el retrato colectivo. Foto: Jorge Acosta

“Es una emoción muy grande hacer está representación que ya tiene su historia, porque la gente viene de todos lados a ver y a acompañar el Vía Crucis en Cerro Monje. Algunos hasta lloran y eso nos llega al corazón”; expresaron a El Territorio.

Fe que se transmite

Luciana Olegui Chagas (8) en el papel de uno de los ángeles que anuncian la buena nueva de la Pascua y Felipe Soto (8) como Jesús niño compartieron su alegría por ser parte de esta propuesta, ya que desde muy chicos sus familias que participan en las celebraciones de la Semana Santa en San Javier les transmiten esta tradición.

Como ellos, otros niños y niñas también tuvieron sus escenas y son la semilla para que está multitudinaria costumbre que forma parte de la cultura de la región siga viva.

Acompañaron el Vía Crucis y también dirigieron el rezo los sacerdotes de la localidad y el obispo de la diócesis de Oberá, Damián Santiago Bitar.

 

El anciano sabio que trajo milagros a este suelo

Artículo de El Territorio sobre los orígenes de Cerro Monje
Artículo de El Territorio sobre los orígenes de Cerro Monje como centro de fe.

El Cerro Monje, una elevación natural que abre el horizonte al río Uruguay y la costa brasileña es también un sitio con historia que nos habla de un pueblo que construye identidad a lo largo de siglos.

Destino de peregrinos desde hace más de 150 años, el lugar conecta con el legado jesuítico, con la fe que profesaron nuestros ancestros; con un pasado de defensa del territorio y ocupaciones y con la diversidad cultural de nuestra provincia.

Cada Viernes Santo, la magnitud de las procesiones y la emoción de la representación del vía crucis lleva a pensar en el origen de esta tradición, hecha de realidad y de mitos que se hicieron fuertes en la transmisión oral y que también llamaron la atención de cronistas de paso y estudiosos que pusieron lo relevado por escrito.

Una publicación de El Territorio con fecha 2 de junio de 1975 describe tomando como fuente un texto de Juan Ramón Escalada en “La Revista del Centro Universitario Misionero de La Plata” (1944).

En el artículo se hace alusión al conocido relato del misterioso anciano que vino de tierras remotas a instalarse en el cerro, construyó con la ayuda de unos lugareños una cruz y cuando la quisieron clavar al suelo de basalto brotó agua.

Allá por 1850 cuando la antigua reducción de San Francisco Javier por obra de la expulsión de los jesuitas se iba convirtiendo en las ruinas que reflejaban un pasado de esplendor nacido de la sabia legislación de una poderosa compañía, llegó hasta el lejano rincón (Cerro Monje) una persona cuyo nombre permaneció en el olvido y de cuya procedencia nada se sabe en realidad.

Cuentan que era italiano pero se entendía con los nativos hablando en portugués.

Si era un monje, como se lo llamó, o un ser que buscaba tranquilidad o pagaba alguna promesa, tampoco se sabe; sólo que en la vida de asceta que llevara se rodeó de una aureola de milagros, cuya memoria se conserva en la imaginación de gentes buenas y sencillas que año tras año llegan al histórico lugar en cumplimiento de alguna promesa o en busca del agua milagrosa.

Escalada señala que luego de intentar establecerse en Porto Xavier, Brasil, sin éxito, el extranjero cruza a San Javier donde logra desarrollar su obra.

Fueron sus peones Joaquín Ferreira y Adriano Pedroso, quienes se encargaron de hacer correr entre sus paisanos la noticia de su obra y de sus milagros.

Ellos debían abrir un pozo en el suelo rocoso del cerro para instalar la cruz y llegando a unos 50 cm de profundidad brotó agua que fue considerada milagrosa.

Luego se sucedieron otros prodigios.

Ante la pregunta de sus peones sobre su objetivo, el anciano de larga cabellera respondía con humildad: Cuando ya nadie se acuerde de mí, me iré, pero quedará esta cruz como recuerdo.

Pasó el tiempo y cuando alguien llegó a la cima del cerro solo se encontró con la cruz, la modesta casita transformada en una humilde capilla donde se encontraba ahora un santo de madera al que llamaron el Señor de los Desiertos.

Bien pronto el lugar fue considerado sagrado y la capillita fue enriquecida con objetos que llevaban los promeseros. El altar del Señor de los Desiertos fue adornado con otros íconos.

(…) “De aquella primitiva capilla con sus santos y riquezas sólo queda el recuerdo. En la noche del primero de enero de 1911 los vecinos vieron que en la cima del cerro se elevaba una hoguera. Al otro día encontraron las ruinas humeantes ¿Hecho casual o deliberado?…

La creencia subsistió a la destrucción y enseguida otra casita reemplazó a la quemada para tener igual fin en enero de 1922. Nuevamente otra capilla se levantó y existe hasta el día de hoy, sostiene el autor.

“En Semana Santa verdaderas caravanas llegan para ponerse de rodillas entre las modestas paredes de tabla al Señor de los Desiertos, obra y milagro de aquel monje, que en su fantástica y efímera vida en esta región dejó un reguero de eterna creencia”.

 

Fuente: El Territorio