Carta pastoral de cuaresma de Mons. Juan Rubén Martínez



«La interioridad en tiempos extrovertidos»

Carta Pastoral de Cuaresma 2026

Queridos hermanos y hermanas:

Nos disponemos a celebrar el tiempo cuaresmal como tiempo de gracia y penitencia que nos prepara para celebrar el misterio central de nuestra fe, que es la Pascua. Nuestra fe, centrada en la persona de Jesucristo, el Señor, de quien queremos ser discípulos y misioneros, nos lleva a revisar nuestra vida y el seguimiento de Aquel en quien creemos, Aquel que se hizo uno de nosotros para salvarnos y revelarse, para que comprendamos que nuestra vida está cargada de sentido y que todos los bautizados tenemos una vocación y una misión. En la Pascua celebramos el misterio del amor de Dios, de un Dios cercano que se hizo hombre, de Jesucristo el Señor, que por nosotros murió y resucitó.

En estas semanas de Cuaresma, a través de la espiritualidad de la liturgia, nos disponemos a renovar nuestra fe, esperanza y caridad. Con esta reflexión cuaresmal deseo que, durante este tiempo litúrgico, tengamos una verdadera disposición de volver a Dios.
En medio de las exigencias de la vida, lo habitual es caer en un cierto activismo. Es cierto que nuestra realidad, las exigencias propias del trabajo, cumplir con las obligaciones que se van generando en la vida, nos lleva a no tener espacio para pensar sobre nosotros: cómo estamos, revisar nuestra relación con Dios y con los otros, familiares y amigos.
Por un lado, estamos hiperrelacionados: el uso de las nuevas tecnologías, el celular y otras maneras que rápidamente se suman, nos consumen casi todo el tiempo, incluso generando adicciones de dependencia a una cultura que nos hace excesivamente extrovertidos, pero a la vez generando vacíos en nuestra espiritualidad e interioridad.
No dudo que es un tema para reflexionar y discernir, porque define cómo nos relacionamos con Dios, con los otros, mis hermanos y con nosotros mismos.

Un mundo donde prima casi exclusivamente la extroversión (estar afuera), nos puede llevar a sumergirnos en un profundo individualismo. Tener información, pero correr el peligro de ser superficiales y caer en un desinterés real por los otros, dificulta la experiencia de los demás como mis hermanos y nos hace pasar a creer en Dios solo conceptualmente, sin un encuentro de fe profundo. Una experiencia que no sea solo afectiva, sino que genere un vínculo que nos permita creer que Dios es amor, que somos hijos porque Él es nuestro Padre, y por eso los otros son mis hermanos.

Cuando caemos en un estilo de vida excesivamente extrovertido, nos hacemos incapaces de discernir y de comprender la realidad. Lo pragmático forma nuestro juicio y genera relaciones superficiales. En realidad, es una forma de deshumanizarnos. Entonces nos dejamos ganar por un individualismo que dificulta que amemos. Dios es amor, y nosotros, que fuimos hechos a su imagen y semejanza, estamos hechos para amar. Entonces, cuando amamos, nos humanizamos. El odio, el egoísmo, sobre todo la soberbia y la avaricia, están ligados al individualismo, que siempre genera indiferencia e injusticia, y finalmente nos quita la posibilidad de ser felices. La persona que está hecha para amar, cuando ama, allana los caminos hacia la felicidad.

Esta reflexión cuaresmal nos puede ayudar a evaluarnos, haciendo un examen de conciencia sobre cómo vivimos humanamente -y, obvio, como cristianos-, discerniendo no solo buscando pecados, sino mirando si nuestro estilo de vida intenta asumir un camino que sea un verdadero discipulado de la fe en Jesucristo, nuestro Señor.

En estas semanas del tiempo cuaresmal es clave disponernos realmente a volver a Dios. Cuando planteo el contexto en el que muchas veces estamos, de una cultura extrovertida, debemos discernir si tenemos adicciones que nos van ensimismando en formas de individualismo e indiferencia, rompiendo o debilitando vínculos con Dios y con nuestros hermanos, sobre todo con los más pobres, necesitados o excluidos.

Es necesario aclarar que tratar de no ser víctimas de una cultura solamente extrovertida no es volvernos introvertidos. Eso sería sumergirnos en situaciones que pueden generar problemas psicológicos o que afecten nuestra salud. La respuesta a una cultura excesivamente extrovertida es buscar caminos de interioridad desde nuestra capacidad de vida espiritual. Esto está ligado a poder buscar estar en paz con nosotros mismos, a hacer silencio interior, a abrirnos a Dios que obra su gracia, a aplacar tanto ruido que dificulta escuchar la voz de Dios. Su amor siempre quiere salir a nuestro encuentro, pero nosotros tenemos que decidirnos a volver a Dios.

Nos hará bien, en este tiempo cuaresmal, leer y rezar la Parábola del hijo pródigo (Lucas 15, 11-31). Cuando el hijo que abandonó a su padre reconoció su pecado y dijo: “Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti”, el padre lo vio volver de lejos y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y lo besó efusivamente. Meditar en la parábola del hijo pródigo nos ayudará a revisar, en este tiempo cuaresmal, nuestro estilo de vida, para ver cómo vivimos nuestra relación con Dios y con nuestros hermanos. En el sacramento de la confesión podemos experimentar que Dios, nuestro Padre, nos espera con un beso, un abrazo y una fiesta.

En esta búsqueda de realizar un buen examen de conciencia en este tiempo cuaresmal, considerando nuestro estilo de vida cristiano, criterios y opciones que realizamos, quiero proponer que evaluemos cómo consideramos al otro, que es mi hermano. En una declaración del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, publicada el 2 de abril de 2024, denominada Dignitas infinita sobre la dignidad humana, quiero subrayar un párrafo para que lo leamos y nos preguntemos cómo asumimos esta enseñanza de la Iglesia. Nos dice la introducción: « Una dignidad infinita, que se fundamenta inalienablemente en su propio ser, le corresponde a cada persona humana, más allá de toda circunstancia y en cualquier estado o situación en que se encuentre. Este principio, plenamente reconocible incluso por la sola razón, fundamenta la primacía de la persona humana y la protección de sus derechos. La Iglesia, a la luz de la Revelación, reafirma y confirma absolutamente esta dignidad ontológica de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios y redimida en Cristo Jesús. De esta verdad extrae las razones de su compromiso con los que son más débiles y menos capacitados, insistiendo siempre “sobre el primado de la persona humana y la defensa de su dignidad más allá de toda circunstancia” .»

Esta declaración continúa, pero a partir de este texto podemos preguntarnos si el concepto fundamental que nos enseña que toda persona es infinitamente digna por ser imagen y semejanza de Dios lo tenemos realmente internalizado en nuestros criterios y modos de obrar. Lamentablemente, en el contexto global y en nuestra realidad concreta, nos encontramos con cristianos que, de hecho, matan, condenan, dañan o ignoran el valor infinito de la dignidad humana que tienen los otros, que son mis hermanos.

El texto de la declaración del Dicasterio para la Doctrina de la Fe señala algunos puntos que podemos considerar en nuestro examen de conciencia personal y comunitario: nuestra actitud ante el drama de la pobreza, de la guerra, el trabajo de los migrantes, la trata de personas, los abusos sexuales, las violencias contra las mujeres, el aborto, la maternidad subrogada, la eutanasia y el suicidio asistido, el descarte de las personas con discapacidad, la teoría de género, el cambio de sexo y la violencia digital. Son temas intensos, y podemos sumar muchos otros que forman parte de nuestra vida cotidiana, donde se va haciendo común desconocer al otro como mi hermano.

Esta Cuaresma nos permitirá evaluar y discernir, tanto en lo personal como en nuestras comunidades y en la misma diócesis, si nuestra tarea evangelizadora —que es el pedido que nos hizo el Señor— la realizamos con dos rasgos que verifican nuestra fidelidad al Evangelio: si somos una Iglesia misionera y samaritana.

Como señalaba al inicio de esta reflexión, cuando estamos sumergidos en una cultura excesivamente extrovertida y materialista, sin interioridad, nos hacemos individualistas. Perdemos el corazón de la vida cristiana y de la evangelización, que es la caridad. El Papa León nos dice en la carta para las misiones 2026: « La misión de los discípulos y de toda la Iglesia es la prolongación, en el Espíritu Santo, de la misión de Cristo: una misión que nace del amor, se vive en el amor y conduce al amor ».

Será fundamental, en este tiempo cuaresmal en que queremos volver a Dios y a nuestros hermanos —sobre todo a los más pobres y excluidos—, que con una búsqueda de interioridad revisemos, desde la caridad y la justicia, si con nuestras obras vivimos un vínculo profundo con Dios y con los hermanos. Y también el daño que podemos realizar si los perjudicamos en nuestros criterios, opciones y decisiones, o bien si los ignoramos y miramos para otro lado, como los religiosos que pasaban indiferentes en la parábola del Buen Samaritano.
Quiero recordar un gesto penitencial de conversión que hacemos cada año en el tiempo de Cuaresma: la colecta que denominamos del 1%, como aporte del total de ingresos del mes. Esto no hace referencia tanto a un porcentaje numérico, sino a la consideración de que, con el aporte generoso que hacemos como fruto de nuestra solidaridad, ofrecemos aquello que la Iglesia practicó desde sus orígenes: la comunión de bienes. Con nuestro aporte —que solo tiene valor espiritual cuando es fruto de la búsqueda de Dios— podemos ayudar a muchos hermanos para mejorar sus viviendas y letrinas; así como la realización de viviendas, también será posible instalar en algunos asentamientos un salón comunitario de usos múltiples, casitas pastorales desde donde irradiar solidaridad, compartir la catequesis, realizar bautismos y celebrar al Señor.

Durante la Cuaresma, y especialmente el fin de semana del 14 y 15 de marzo, pondremos en ejercicio la comunión de bienes como práctica cuaresmal.

El buscar crecer en interioridad, sobre todo en tiempos excesivamente extrovertidos, nos ayudará a revisarnos desde el amor que Dios nos tiene, con la certeza de que, si volvemos a Él, nos recibirá con un abrazo de Padre, como al hijo pródigo. Abrazados por su amor somos plenos y podemos ser testigos de la Pascua y de la esperanza.

Les envío un saludo cercano como Padre y Pastor.

Miércoles de ceniza, 18 de febrero del Año del Señor 2026.

Mons. Juan Rubén Martínez