Un asunto importante del acontecer teológico es que la vía de acceso a Dios no se condiciona a la exclusividad de un grupo intelectual o espiritual de determinada estirpe, sino más bien a todo aquel que, por la vía de la gracia, acude libre y voluntariamente a “su encuentro”. Ciertamente, aquí se habla de una revelación dispuesta para todo “el Pueblo de Dios” y que en sí misma comunica, invita, encuentra, salva y, por supuesto, AMA.
Versa en uno de los documentos del Concilio Vaticano II lo siguiente: «Quiso Dios, en su bondad y sabiduría, revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen partícipes de la naturaleza divina. En consecuencia, por esta revelación, Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a su comunicación y recibirlos en su compañía…». Concilio Vaticano II. Dei Verbum, Cap. 1, Núm. 2.
Los relatores del Evangelio ilustran claramente que Jesús rompió con toda lógica excluyente de la época al tocar a los impuros, escuchar a las mujeres (poco tomadas en cuenta en aquel momento) y comer con los pecadores, otorgándole así un lugar especial a los bienaventurados.
Y en este punto me detengo, dejando una pregunta abierta dirigida directamente a ustedes, queridos lectores, y a mí:
¿Quiénes son los bienaventurados?
Citan los Evangelios sinópticos algunas pistas que podrían ayudarnos en nuestra respuesta:
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Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
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Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, pues ellos serán saciados.
Los invito a leer el texto completo tal y como nos lo narran Mateo y Lucas en “las Bienaventuranzas”.
La vía de acceso a Dios, entonces, no pasa por “salones cerrados” y mentes blindadas de conocimiento espiritual que puedan mirar con suspicacia toda palabra, gesto o acción que provenga de personas “no autorizadas”. Esto jamás representa el sentir teológico de la Iglesia instituida por el mismo Jesús; muy por el contrario, lo deforma.
Queda claro hoy que la Iglesia sigue siempre VIVA y su apostolicidad histórica enseña que la vía de salvación jamás será excluyente, a no ser que el hombre, en su mezquindad, se resista a ello.
En este orden, si bien es cierto que la historia de la eclesiología ha develado que la Iglesia es y seguirá siendo fuente de luz y verdad, no deja de ser cierto que, en su naturaleza humana, no queda exenta de caer en la tentación de incurrir en algunos “derechos de admisión” en los que se descarta a los no iniciados o a quienes desertan. Repito e insisto: no es ni ha sido este el sentir histórico de la Iglesia, sino tal vez el de algunos pocos que, por desventura, hicieron ruido sin trascendencia.
Urge, entonces, replantearse siempre una teología “en salida” en la que resuene el eco de los latidos de la humanidad, con una profunda reflexión crítica de la praxis histórica de la fe misma; no para contradecir el Magisterio, sino para encarnar teológicamente los contextos mundiales que hoy nos empolvan.
Sustento lo anterior citando, una vez más, uno de los documentos del Concilio Vaticano II: «Mas en el presente orden de las cosas, del que surge una nueva condición de la humanidad, la Iglesia, Sal de la Tierra y Luz del mundo, se siente llamada con más urgencia a salvar y renovar a toda la criatura para que todo se instaure en Cristo y todos los hombres constituyan en Él una sola familia y un solo Pueblo de Dios». Concilio Vaticano II. Decreto Ad Gentes, Núm. 1.
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