Meditación para preparar y vivir la Semana Santa

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08/04/2017 12:52

En la muerte y resurrección del Hijo, se revela el doble “éxodo” como única posibilidad de dar valor salvífico al dolor humano: la salida de Dios de sí mismo hasta el descenso supremo de la Cruz y Su retorno. El “éxodo de Dios” del Hijo venido en la carne culmina en el acontecimiento de Su muerte, como lugar del extremo advenimiento del Eterno en la forma de la limitación humana: pero el sufrimiento y la muerte en Cruz son iluminados en su profundidad abisal por el “éxodo hacia Dios” de la resurrección del Hijo encarnado, en que la muerte ha sido devorada por la victoria (cf. 1Cor 15,54). Entre estos dos éxodos, que rompen el cerco de la existencia de otra manera cerrada en el silencio mortal de la nada, la pasión y la muerte del Hijo del hombre se presentan como el acontecimiento del supremo abandono y de la comunión más grande del Dios venido en la carne, verdadera buena nueva que cambia el mundo y la vida.

El supremo abandono del Dios crucificado revela de la manera más cruda la experiencia de la infinita caducidad del existir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 14,34). El grito de la hora de la muerte da testimonio de la fragilidad de los habitantes del tiempo, con quienes el Hijo se ha hecho solidario: llamados de la nada a la vida los seres parecen fajados de la nada, envueltos del silencioso misterio del inicio. Ninguna mística del dolor y la muerte podrá superar la parte oscura de todo ello, el aspecto misterioso y dramático del sufrimiento sin aparente retorno. Se sufre y se muere en soledad: la soledad es y queda como el precio siempre presente de la hora suprema: “Mi alma está triste hasta la muerte, permaneced aquí y velad conmigo... ¿No habéis sido capaces de velar una hora conmigo?... Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?” (Mt 26,38.40; 27,46). Se muere en el grito que evoca aquel desgarro inicial, como signo de un extremo desgarro, que es anuncio del nacimiento no en menor grado que de la muerte. En Su abandono el Hijo se ha hecho cercano a la tragedia más profunda, ineludible: desde entonces, ningún hombre que sufre estará nunca más tan solo como lo estuvo Él.

Sin embargo, el Crucificado manifiesta también el rostro amoroso del Otro escondido: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46). Al abandono el Hijo une la comunión con Aquel que le abandona: el Abandonado a la vez se abandona, aceptando en obediencia de amor la voluntad del Padre. A la entrega de Aquel, que no perdona al propio Hijo (cf. Rm 8,32), responde la entrega que el mismo Hijo hace de sí (cf. Gal 2,20): por amor, la Trinidad hace suyo el exilio del mundo, puesto bajo el pecado, para que este exilio se introduzca en Pascua en la patria de la comunión trinitaria. Es así como un misterio de sufrimiento se deja entrever en el abismo de la divinidad: como afirma la Encíclica Dominum et vivificantem de Juan Pablo II, “el Libro sagrado... parece dejar entrever un dolor, inconcebible e inexpresable en la ‘profundidad de Dios’ y, en algún sentido, en el corazón mismo de la inefable Trinidad... En la ‘profundidad de Dios’ hay un amor de Padre que, ante el pecado del hombre, según el lenguaje bíblico, reacciona hasta el punto de decir: ‘Estoy arrepentido de haber hecho al hombre’... Se tiene así un misterio de amor que es una paradoja: en Cristo sufre un Dios rechazado de la misma criatura... pero, al mismo tiempo, desde lo profundo de este sufrimiento el Espíritu trae una nueva medida del don hecho al hombre y a la creación desde el inicio. En lo profundo del misterio de la Cruz actúa el amor” (nn. 39 y 41).

El sufrimiento divino no es signo de debilidad o limitación como lo es el sufrimiento pasivo, que se sufre porque no hay más remedio: refiriéndose a este tipo de sufrimiento, signo de imperfección y de limitación, el Catecismo de San Pío X afirma que como Dios Jesús no podía sufrir. Pero en la profundidad divina, hay un sufrimiento de tipo diverso, activo, libremente elegido por amor. La Cruz, en cuanto historia trinitaria de Dios, no proclama la blasfemia de una atea muerte de Dios, que deja espacio a la vida del hombre prisionero de su autosuficiencia, sino que la buena nueva de la muerte de Dios, para que el hombre viva de la vida del Dios inmortal en la participación de la comunión trinitaria, resulta posible gracias a aquella muerte. Esta muerte en Dios no es de ninguna manera la muerte de Dios que el “loco” de Nietzsche va gritando en las plazas del mundo: ¡no existe ni existirá un tiempo en el que sea posible cantar en verdad el “Requiem aeternam Deo”! El amor trinitario que liga el Abandonante al Abandonado, y en éste al mundo, vencerá la muerte, a pesar de su aparente triunfo. El fruto del árbol amargo de la Cruz es la gozosa noticia de Pascua: el Consolador del Crucificado, entregado por Jesús en el momento de morir al Padre, es por éste derramado sobre el Hijo en la resurrección, para que a su vez el Hijo lo derrame sobre toda carne y sea el Consolador de todos los crucificados de la historia, revelando junto a ellos la presencia corroborante y transformadora del Dios cristiano.

En este sentido, el sufrimiento divino revelado en la Cruz es de verdad la buena noticia: “Si los hombres supieran... –escribe Jacques Maritain- que Dios ‘sufre’ con nosotros y mucho más que nosotros de todo el mal que asola la tierra, sin duda muchas cosas cambiarían, y muchas almas serian liberadas”. La “palabra de la Cruz” (1Cor 1,18) llama así de una manera sorprendente al seguimiento: es en la debilidad, en el dolor y en la reprobación del mundo, que encontraremos a Dios. No los esplendores de la grandeza terrena, sino precisamente su contrario, la pequeñez y la ignominia, son el lugar privilegiado de Su presencia entre nosotros, el desierto florido donde Él habla a nuestro corazón. En la vida de cada criatura humana puede ser reconocida la Cruz del Dios vivo: en el sufrimiento se hace posible abrirse al Dios presente, que se ofrece con nosotros y por nosotros, y transformar el dolor en amor, el sufrir en ofrenda. La Iglesia y cada uno de los discípulos son llevados entonces a configurarse como el pueblo de la “sequela crucis”, la comunidad y el individuo “bajo la Cruz”: nada es tan lejano a la imagen del Crucificado como una comunidad tranquila y segura, que fundamente su confianza en los medios mundanos: “La cristiandad establecida donde todos son cristianos, pero en la secreta interioridad, se parece a la Iglesia militante tanto como el silencio de la muerte a la elocuencia de la pasión” (Kierkegaard).

La Iglesia bajo la Cruz es el pueblo de aquellos que, con Cristo y en el Espíritu, se esfuerzan en salir de sí mismos y entrar en la vía dolorosa del amor: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que quiera perder su vida por mi causa y por el evangelio, la salvará” (Mc 8,34-35 y par.). “Quien no toma su cruz y no me sigue, no es digno de mi” (Mt 10,38 y Lc 14,27). El discípulo “deberá completar en su carne lo que falta a la pasión de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24). La compasión hacia el Crucificado se debe traducir por tanto en la solidaridad hacia los miembros de su cuerpo crucificados en la historia: los discípulos de Jesús dan testimonio de su identidad “perdiéndola”, poniéndola al servicio de los demás para reencontrarla en el único nivel digno de los seguidores del Crucificado: el amor. La Cruz revela así la posibilidad de vivir el horizonte más alto como profundísima cercanía: en el dolor de la separación más grande se consuma el fuego del amor, fuerte como la muerte (Cf. Ct 8,6). Es así como el dolor es transformado en amor y llega a ser salvífico, como recuerda Juan Pablo II en la Carta Apostólica Salvifici doloris sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano (11 Febrero 1984): “El sufrimiento humano ha alcanzado su culminación en la pasión de Cristo... entrando en una dimensión completamente nueva y en un orden nuevo: ha sido ligado al amor” (n. 18). En el dolor ofrecido por amor en unión a Jesús Crucificado, cada uno puede completar en su carne lo que falta a la pasión del Hijo a favor del Cuerpo que es la Iglesia (cf. Col 1,24).

Es así, en fin, que se toma la respuesta a la pregunta inevitable: ¿quién podrá vivir como Él, Jesús, la unidad del desgarramiento y del abandono en la hora de la muerte?, ¿quién podrá como Él abandonado, abandonarse en las manos del Padre por amor a los demás? Según la fe del Nuevo Testamento la lejanía y la proximidad en el dolor pueden coincidir gracias a la fuerza del Consolador: “Jesús dice: ‘Todo está cumplido’. Y, inclinando la cabeza, entregó el Espíritu” (Jn 19,30). Mientras sostiene al Abandonado en su destino mortal, el Espíritu lo tiene unido a Dios, haciéndole capaz del ofrecimiento supremo: es lo que expresa la iconografía de la “Trinidad en la Cruz”, donde el acontecimiento de la muerte de Crucificado es culto como revelación de la Trinidad. El Padre sostiene entre Sus brazos el leño de la Cruz, del que cuelga el Hijo engullido de la muerte, mientras la paloma del Espíritu misteriosamente separa y une el Abandonado y Aquel que lo abandona (piénsese en la Trinidad de Masaccio en Santa Maria Novella en Florencia). Así “la muerte ha sido devorada por la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?... Demos gracias a Dios que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1Cor 15,54s.57). El ofrecimiento divino del dolor hace posible el supremo ofrecimiento de la fe que sufre y la abre a la victoria sobre el dolor y la muerte en cuanto éxodo de la elocuencia silenciosa del amor que muere a la Belleza que transfigurando acoge: el dolor ofrecido con Cristo al Padre llega a ser camino y umbral de la vida, fuente de luz que no se pone, dolor salvífico por la fuerza del amor que lo transforma a partir de la caridad infinita del Dios crucificado...

Bruno Forte, Arzobispo de Chieti, 17.3.2005

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