"..Verdad, Libertad y Conciencia en el  Discipulado.."

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01/03/2017 10:43

La Verdad los hará libres  (Jn 8,32)

Queridos hermanos y hermanas:

Nos disponemos a celebrar el tiempo cuaresmal, como tiempo de gracia y penitencia que nos prepara a celebrar el misterio central de nuestra fe que es la Pascua. Nuestra fe centrada en la persona de Jesucristo, el Señor, de quien queremos ser discípulos y misioneros, nos lleva a revisar nuestra vida y nuestra espiritualidad a la luz del seguimiento de Aquel en quien creemos. Aquel que se hizo uno de nosotros para salvarnos y revelarse para que cada uno de nosotros, comprendamos que nuestra vida está cargada de sentido y que todos los bautizados tenemos una vocación y una misión.  En la Pascua celebramos el misterio del Amor de Dios, de un Dios cercano que se hizo hombre, de Jesucristo el Señor que por nosotros murió y resucitó. En estas semanas de Cuaresma, a través de la espiritualidad de la liturgia nos disponemos a renovar nuestra fe, esperanza y caridad.

Esta carta cuaresmal está encabezada por una cita bíblica del Evangelio según san Juan: «La verdad los hará libres» (Jn 8,32). El tema fundamental de esta reflexión pastoral para ayudarnos a vivir el tiempo cuaresmal es la importancia de la verdad y su búsqueda. Nuestro tiempo, de manera urgente necesita tener la verdad como valor para «construir sobre roca» (cfr. Mt 7,24) la  sociedad y la cultura. Jesucristo es el camino, la Verdad y la Vida (cfr. Jn 16,6), por eso es indispensable para los cristianos experimentar su cercanía y procurar seguirlo. Considero que hoy más que nunca debemos formarnos todos en esta búsqueda de la verdad, pero sobre todo la gran mayoría del Pueblo de Dios que son los laicos. Quizás esto sea una deuda pendiente que deba intensificarse en mejores propuestas de formación discipular y catequística. Lo requiere nuestro tiempo ya que esa búsqueda y experiencia de la verdad nos hará más libres para discernir desde nuestra propia conciencia el proyecto que Dios tienen para nosotros. Así podremos responder más acertadamente a las coyunturas que cotidianamente se nos presentan. El texto del evangelio de san Juan que ilumina esta carta pastoral es elocuente: la verdad nos hará libres.

Desde ya que este tema nos puede ayudar en este tiempo cuaresmal para realizar un camino de conversión y reconciliación con Dios y con nuestros hermanos. Necesitamos ser veraces para realizar un buen examen de conciencia, revisando nuestra propia vida y la relación con los demás en orden a tratar de vivir nuestra condición de hijos e hijas de Dios y de establecer sinceros lazos de fraternidad. Tenemos la certeza de que Dios es Padre, un Padre misericordioso que nos espera con un abrazo, un beso y una fiesta.

La verdad en crisis

En numerosas ocasiones señalamos a través de reflexiones pastorales que uno de los temas preocupantes de nuestro tiempo es el crecimiento del secularismo, es decir, una sociedad que niega sin discutir, la existencia de Dios, o bien la silencia o directamente la omite. Esta negación de hecho, se abre a plantear una visión del hombre materialista y, en general, casi exclusivamente orientada al consumismo, al tener, al poder y al placer como absolutos en la vida. Obviamente, semejante visión del hombre y de la sociedad, implica que sólo algunos serán los ganadores y la gran mayoría serán los perdedores. La resultante es la exclusión de muchos que miran desde afuera cómo sólo algunos compiten y obtienen bienes que para ellos siempre serán inalcanzables.

En esta visión secularista y materialista la cuestión moral que considera aquello que está bien y que está mal, que discierne la verdad de la mentira, claramente  se verá reducida o directamente será inexistente.

En muchas oportunidades hemos señalado que en nuestro tiempo la cuestión moral está en crisis. Desde una perspectiva más teológico-pastoral podemos señalar que el gran logro de ese secularismo no es sólo negar y silenciar a Dios, sino también descreer de la existencia del demonio e ignorar la acción del mal.

En la versión comunicacional cuando se pone algo religioso se recurre rápidamente a aspectos llamativos y extravagantes en novelas y películas. Como el que hace exorcismos o sanaciones y milagros masivos, en los que a menudo aparecen posesiones demoníacas. Sin negar algunos hechos extraordinarios que puedan darse, en general, no reparamos suficientemente en que el demonio es más astuto y que aquello que le gusta hacer ordinariamente es confundirnos en el juicio sobre lo que está bien y lo que está mal llevándonos a instalar la mentira como un modo de vivir que siempre nos daña a nosotros mismos y a los demás.

Esta reflexión sobre la crisis moral en lo social y en lo familiar muchas veces es causa de situaciones de corrupción y de falta de honestidad en las relaciones personales y sociales de todos los niveles. Se desdibuja la búsqueda del bien y la búsqueda de la verdad carece de sentido.

En este contexto secularista y consumista llama la atención que nadie profundice las causas de algunos flagelos actuales como la corrupción en las estructuras del Estado, en el ejercicio de la función pública, o en el mundo económico privado, también en algunas estructuras que se consolidan como el narcotráfico, la violencia de género, la trata de personas, la pobreza y el desempleo, la crisis familiar, la pedofilia en la sociedad, el abandono del valor de la vida, o la desnutrición de los niños y adolescentes. Estos son algunos de los males con los que convivimos, y no sin responsabilidad por parte de los unos y los otros. Es necesario que estas problemáticas sean encaradas por todos, sin partidismos, como una crisis que requiere la erradicación de sus causas profundas en una mesa de diálogo donde todos tengamos como meta el bien común y un profundo deseo de buscar la verdad.

La conciencia, sagrario del hombre (GS 16)

En esta carta pastoral queremos reflexionar  sobre la verdad, la libertad y la conciencia buscando que esto nos ayude a revisarnos y convertirnos a Dios en este tiempo cuaresmal. Sólo hemos señalado algunas pinceladas de la realidad sobre la crisis de la verdad y el bien que no agotan el aporte que cada uno o la comunidad toda puede realizar sobre este tema. Una cierta comprensión de la realidad acerca de esta cuestión es fundamental para saber cuáles son los desafíos que tenemos en la acción evangelizadora de la Iglesia.

El primer desafío siempre será renovar nuestra experiencia de Jesucristo el Señor y vivir nuestra condición de discípulos y misioneros suyos.  Es bueno agradecer con gozo el habernos encontrado con Jesucristo y sabernos amados y abrazados por Él. Tenemos la certeza que nos da la fe de que aún después del pecado original que se instaló en la familia humana seguimos siendo imagen y semejanza de Dios. La ley divina está impresa en nuestra naturaleza humana, y la gracia de la redención es fruto del amor de Dios. Por eso, cada hombre y mujer es maravillosamente digno por su sola condición de ser persona.

Considero que es central que reflexionemos sobre la verdad, sobre el bien y el mal  en nuestro obrar y sobre la libertad y la conciencia. Durante estos días hemos planteado que los bautizados tenemos que emprender un camino discipular que implica que profundicemos nuestro encuentro con la persona de Jesucristo, siempre desde una dimensión eclesial y comunitaria. El discipulado nos introducirá de esta manera en la verdad, y podremos ser libres desde un obrar responsable. Desde nuestra propia conciencia seremos capaces de discernir cómo cumplir la voluntad de Dios en la vida cotidiana.

El documento Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II nos dice sobre esto: «En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente» (GS 16).

Sobre este tema de la ley y la observancia de los preceptos, San Agustín reflexiona: «¿Es el amor el que nos hace observar los mandamientos, o bien es la observancia de los mandamientos la que hace nacer el amor?». Y responde: «Pero ¿quién puede dudar de que el amor precede a la observancia? En efecto, quien no ama está sin motivaciones para guardar los mandamientos» (Tratado sobre el Evangelio de Juan 82, 3).

Sobre el camino eclesial del discípulo que debe obrar maduramente según su conciencia, lamentablemente hemos reflexionado muy poco, y sin embargo, es fundamental para que todos, pero sobre todo el laicado, obre libremente desde su propia vocación y misión.

Debemos señalar que el camino del discipulado muchas veces tiene como dificultad la fuerte tendencia a lo que llamamos clericalismo. Algunas veces fomentado por el mismo clero que se aferra a actitudes autoritarias con un pastoreo sin respeto y misericordia que siempre termina por dañar la participación de los otros bautizados. Pero también abundan los laicos clericalistas que no obran con responsabilidad y antes que discernir sus propias realidades prefieren cargar su responsabilidad en otros, sin decidir desde su conciencia las coyunturas que son propias desde su vocación y misión.

Considero oportuno señalar una reflexión del santo Papa Juan Pablo II en la Encíclica Veritatis Splendor en la que señala: «El mismo texto de la carta a los Romanos, que nos ha presentado la esencia de la ley natural, indica también el sentido bíblico de la conciencia, especialmente en su vinculación específica con la ley: “Cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia con sus juicios contrapuestos que los acusan y también los defienden” (Rm 2, 14-15).

Según las palabras de san Pablo, la conciencia, en cierto modo, pone al hombre ante la ley, siendo ella misma «testigo» para el hombre: testigo de su fidelidad o infidelidad a la ley, o sea, de su esencial rectitud o maldad moral. La conciencia es el único testigo. Lo que sucede en la intimidad de la persona está oculto a la vista de los demás desde fuera. La conciencia dirige su testimonio solamente hacia la persona misma. Y, a su vez, sólo la persona conoce la propia respuesta a la voz de la conciencia» (VS 57).

Recomendaciones pastorales  

En el camino del discipulado que nos proponemos profundizar en este tiempo, desde una dimensión siempre eclesial y comunitaria, debemos ahondar en la búsqueda de la verdad, y en el ejercicio de la libertad como signo eminente de la dignidad humana y debemos procurar una mayor comprensión de la conciencia como el «sagrario» de la persona según lo señala Gaudium et Spes.

Seguir profundizando en la comprensión del discipulado eclesial sobre todo en nuestro laicado será fundamental en la tarea evangelizadora de la Iglesia en los próximos años en nuestra diócesis. Como hemos señalado la vocación y la misión del laico y por lo tanto, su santificación, está en la transformación de las realidades temporales. Por eso, es necesario entender la tarea evangelizadora apuntada a las familias, al trabajo, a la escuela, a la política, a la comunicación social, o al club de barrio. Esto es, en definitiva, evangelizar la cultura. Para esto necesitamos un laicado que se sienta verdaderamente parte de la Iglesia, miembro del Pueblo de Dios. Claramente, se requiere disponer de espacios adecuados de formación sistemática. En la diócesis tenemos algunas instancias valiosas como el profesorado de Ciencias Sagradas en el Instituto «Antonio Ruiz de Montoya», el Instituto de Teología y pastoral «Carmelo Giaquinta», las Escuelas de formación básica para agentes de pastoral, o la escuela de ministerios. Con todo, debemos apuntar a que nuestro laicado tenga la experiencia de una Iglesia viva, profética, sana, misionera, en la cual poder vivir y alimentar la fe, la esperanza y la caridad.

En el camino de discipulado, todos, clero, consagrados y laicos, debemos vivir un proceso claro para desandar las consecuencias negativas del clericalismo que no permite tener un laicado suficientemente maduro, eclesial, libre y responsable.

Hay que revisar los planes de estudios, en los que a menudo se ve una carencia en la formación moral, y corregir los ambientes parroquiales donde la tendencia es no dejar participar con graves dificultades para armar un Consejo de pastoral parroquial realmente protagonista y reflexivo que piense la evangelización de la parroquia. Necesitamos estructuras que beneficien realmente la conversión pastoral y la piensen y evalúen desde su capacidad y dimensión misionera.   

Durante este año seguiremos profundizando sobre el tema de la familia que hemos emprendido con más firmeza desde nuestro Sínodo Diocesano como uno de los cinco temas a tener en cuenta durante estos años en la acción evangelizadora en nuestra diócesis. Después de los dos sínodos convocados por el Papa Francisco y su exhortación apostólica «Amoris Laetitia» nos animamos a seguir con más dedicación a buscar caminos para responder mejor al desafío que presentan las familias. Hemos realizado diversas reuniones con el clero, con los consejos diocesanos sobre dicha exhortación y el 20 de junio de este año lo trataremos en nuestra Asamblea Diocesana que realizamos cada dos años. Para responder a este desafío será fundamental atender nuestra condición de discípulos y misioneros para tener una mayor comprensión del don del matrimonio y de la familia, mejorar nuestras perspectivas pastorales y poder acompañar, discernir e integrar tantas situaciones de fragilidad con una actitud eclesial y misericordiosa. 

Como cada año en nuestra diócesis realizaremos la colecta que denominamos «del 1%» del total de los ingresos del mes. Esto no hace referencia tanto a un porcentaje numérico sino a la consideración que con el aporte generoso que hagamos, como fruto de nuestra solidaridad, ejercemos aquello que la Iglesia practicó desde sus orígenes, que es la comunión de los bienes. Con nuestro aporte que sólo tiene valor espiritual cuando es fruto de la búsqueda de Dios, podremos ayudar a muchos hermanos para mejorar sus viviendas y letrinas. También será posible instalar en algunos asentamientos un salón de usos múltiples, «casitas pastorales» desde donde irradiar la solidaridad, la catequesis y celebrar al Señor. Durante la cuaresma y especialmente el fin de semana de X y X de marzo pondremos en ejercicio la comunión de bienes como práctica cuaresmal.

Conclusión

Durante este tiempo cuaresmal tenemos la oportunidad para revisar cómo vivimos nuestra condición de cristianos. La cuaresma es un tiempo de gracia y misericordia que requiere de nosotros abrirnos con humildad a revisar nuestras vidas como el hijo pródigo que siente la necesidad de volver a la casa de su Padre (cfr. Lc 15,11-32).

Necesitamos renovar nuestro encuentro con Jesucristo el Señor y  debemos profundizar el camino del discipulado siendo veraces y considerando que la verdad nos dará la libertad para ver y discernir desde nuestra propia conciencia los criterios y opciones de la vida cotidiana. Este discipulado y misión sabemos que no consisten es una experiencia individualista que, de ser así, nos llevaría a un subjetivismo, sino que siempre implica un camino eclesial y comunitario. Como pueblo de Dios podemos vivir la fe, la esperanza y el amor.

Así, caminamos en este tiempo cuaresmal sabiendo que el misterio de la Pascua, de la muerte y resurrección de Jesucristo el Señor celebrado en la liturgia de la Iglesia se debe hacer carne en nosotros para morir y vivir en Él.

Queridos hermanos y hermanas que estas semanas nos permitan pascualizar nuestras vidas y madurar nuestro discipulado y nuestra misión. Que se nos llene el corazón de alegría al tener la certeza de que la verdad nos hará libres.

Un saludo cercano.

Mons. Juan Rubén Martínez- Obispo de Posadas

Posadas, Misiones, Miércoles de Ceniza,  1 de marzo de 2017

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